#OPINIÓN | POR LOS MUERTOS VIVO
Por: Jorge Cárdenas Reyes
Sé que los tiempos de Dios son perfectos, o
al menos así lo mencionan los más optimistas: esos que saludan al amanecer con
una sonrisa, como si de verdad fueran felices, como si no llevaran el alma
arrugada de tanto sobrevivir. A veces los miro y pienso que tal vez tienen
razón, que quizá Dios sí tiene un reloj que nunca se adelanta ni se atrasa, que
todo sucede cuando debe suceder, incluso la muerte. O tal vez no, tal vez solo
decimos eso para soportar la idea de que todo lo que amamos, un día, inevitablemente
se acaba.
También sé que los recuerdos mantienen
vivos a los que se fueron, que los nombres pronunciados en voz baja durante el
rezo o la cena los rescatan, aunque sea por un instante, del polvo del olvido.
Mientras alguien los recuerde, no mueren del todo. Pero el tiempo es
traicionero: va limando las memorias, borrando las risas y los rostros, dejando
solo una sensación vaga de presencia, un aroma, una canción, una vieja
fotografía que se deslava con los años. El tiempo nos borrará a todos, como
borra las huellas en la arena. Las generaciones futuras no sabrán quiénes
fuimos más que por una historia contada a medias, una anécdota que se
transformará con los años, o una melodía antigua que hable de cómo nacieron las
constelaciones… y cómo, en ese polvo de estrellas, nacimos tú, yo y todos los
que alguna vez amamos.
Y es que la muerte —esa palabra que algunos
ni se atreven a pronunciar— no discrimina. Es, quizás, el único ser
verdaderamente democrático. Le llega a todos: al rico y al pobre, al político y
al campesino, al que presume de fe y al que maldice al cielo. A todos nos
tocará rendir cuentas ante el mismo silencio. La vida que llevas y la forma en
que tratas a los tuyos (hasta al perro, si me apuras) puede que sea la manera
en que la muerte te visite: dulce, furiosa o indiferente.
Muchos creemos que moriremos como en las
películas, con música triste y alguna mano sosteniendo la nuestra. Pero la
verdad es más fría. Moriremos sin aviso, como esas aves enjauladas que mueren
de una helada porque alguien olvidó cubrirlas con una lona. Moriremos de
soledad, de rutina, de exceso o de aburrimiento. O tal vez, simplemente, porque
el cuerpo se cansa. Algunos caerán dormidos, otros de pie, otros sin entender
por qué. La muerte no es romántica: es un hecho. Y sin embargo, seguimos
envolviéndola con flores, con velas y canciones. Quizá porque necesitamos creer
que hay belleza también en el final.
A veces me descubro pensando: ¿quién me
echará de menos cuando la muerte me cubra con su manto de realidad y diga que
hasta aquí llegó mi historia? ¿Quién pronunciará mi nombre cuando, a medio
rezo, pidan por mi alma? ¿Quién recordará mis manías, mis bromas, mis
ausencias? Tal vez, algún día, en medio del trabajo, alguien se detenga frente
a una taza de café vacía y diga: “Ahí se sentaba aquel tipo”, y sonría, no con
tristeza, sino con un poco de ternura. Porque incluso los que fuimos difíciles
dejamos algo: una historia, una carcajada, una huella torpe.
Y entonces me imagino a los gusanos
haciendo su trabajo, sin saber el tipo de vida que devoran: noches sin sueño,
excesos, desvelos, canciones que dolían, amores que no llegaron, derrotas que
se bebieron con mezcal. Todo eso se vuelve tierra, se vuelve olvido. Y me da
risa pensar que, en el fondo, la muerte es la gran igualadora: nos deja a todos
en los mismos huesos, en el mismo polvo, en el mismo silencio.
Sé que el día —o la noche— en que caiga en
alguna esquina triste, mi destino se habrá torcido por última vez. Pero no me
quejo. A fin de cuentas, siempre supe que caminaba bajo el cuidado de un dios
personal: un dios melancólico, ebrio, que juega a los volados con las almas. Me
gusta pensar que el mío es un dios que se emborracha conmigo, que se sienta a
mi lado cuando abro una botella y que brinda, no por la salvación, sino por el
simple hecho de estar vivos. Ese dios, mi dios, me ha salvado de muchas cosas
sin decir “amén”. Y por eso, cuando la vida se pone dura, la curo con mezcal y
con risa, porque, al final, la risa también espanta a la muerte.
Hoy quiero brindar por todo lo que ya no
está: por los amores que murieron en vida, por los que no supimos salvar ni con
terapias, ni con plegarias, ni con besos desesperados. Por ese amor que se nos
murió entre las manos mientras fingíamos que todavía respiraba. Brindo también
por los amigos que ya no vemos, por los que se fueron sin avisar, por los
padres, los abuelos, los hijos, los que siguen vivos solo en el altar, en la
fotografía, en la memoria.
Y pienso que, al final, vivir es una forma
lenta de morir. Cada día dejamos un pedazo de nosotros en algo o en alguien.
Morimos un poco cuando dejamos un lugar, una persona, una costumbre. Morimos
cuando perdemos la fe, cuando callamos lo que sentimos, cuando el miedo nos
gana. Pero también nacemos de nuevo: en cada carcajada, en cada abrazo, en cada
brindis improvisado con alguien que amamos.
La muerte no empieza cuando el corazón deja
de latir, sino cuando dejamos de sentir asombro por estar vivos. Por eso,
cuando llega el Día de Muertos, siento que la vida hace una pausa. Es una
tregua entre el mundo de los vivos y el de los que ya se fueron. Nos miramos
desde lados opuestos del mismo espejo, compartimos pan, flores y silencio. Y
mientras el humo del copal se eleva, algo en nosotros también se eleva: la
certeza de que recordar es resistir el olvido.
Así que hoy, que las velas iluminan las
ofrendas y el cempasúchil pinta el aire de naranja, quiero decirlo claro: por
los muertos vivo. Vivo por lo que me enseñaron, por lo que dejaron en mí, por
las veces que me hicieron reír y por las veces que me dolió su ausencia. Vivo
porque ellos ya no pueden hacerlo. Vivo para honrar su memoria, para seguir el
eco de su voz, para no rendirme.
Porque si algo nos enseña la muerte es que
el tiempo es prestado, pero el amor es eterno. Que al final no se trata de
cuánto vivimos, sino de cuánta vida pusimos en los días. Y mientras haya
alguien que nos recuerde, aunque sea una vez al año, entre flores y copal,
ninguno de nosotros estará completamente muerto.
Así que levanta tu vaso, brinda conmigo. No
sé qué vendrá mañana, pero brindemos por ello. Por los que se fueron y por los
que seguimos aquí, por los que amamos mal pero intensamente, por los que aún no
aprendemos a decir adiós.
Porque mientras haya memoria, mientras haya
amor, seguiremos vivos —por los muertos, y por nosotros mismos.
Publicar un comentario