#OPINIÓN: "LLEGAMOS AL FINAL"
Por: Jorge Cárdenas Reyes, colaborador.
A este punto del año donde la nostalgia se vuelve
inevitable, donde el frío nos invita a abrazarnos más fuerte y donde las luces
navideñas parecen parpadear al ritmo de lo que sentimos por dentro. La Navidad
tiene esa magia discreta que remueve recuerdos, suaviza heridas y nos permite
ver con más claridad lo que realmente importa.
Y aunque suene simple, hoy puedo decirlo con gratitud: lo
logramos.
Logramos el cometido que iniciamos en la columna pasada, aquella en la que
hablamos del estrés, del cansancio emocional, del peso de las expectativas y
del agotamiento silencioso. Este proyecto —que comenzó como un desahogo
personal— se convirtió en un espacio compartido, en una comunidad donde
aprendimos a vernos y escucharnos.
Gracias a quienes se inmiscuyeron con valentía, a quienes
comentaron, aportaron, acompañaron.
Lo hicimos juntos.
Aprendimos juntos.
Nos cansamos juntos.
Y lo más hermoso: sonreímos juntos por el resultado.
Porque este cierre de año nos recuerda que nadie debería
vivir con miedo.
Ni miedo a cantar, ni a bailar, ni a equivocarse, ni a reír con ganas. Nadie
debería sentir vergüenza por querer vivir con intensidad. Si el miedo aparece
—y aparece— no se enfrenta escondiéndose. Se enfrenta viviendo.
Atrévete a atravesar la cascada.
Una cascada real, helada, en medio de la montaña. Una que no se cruza con
certezas sino con coraje. Cuando el agua cae con fuerza sobre ti, te das cuenta
de que la vida no está hecha de comodidades, sino de esos segundos donde
sientes la piel viva, la respiración agitada, el corazón golpeando desde
dentro. Y ahí, justo ahí, aprendes que la valentía no grita: tiembla,
pero cruza.
Y no lo haces solo.
Caminas de la mano de esa mujer que está contigo, no porque la hayas idealizado
—porque idealizar es arrancarle humanidad— sino porque la elegiste humana,
presente, imperfecta y luminosa. Llegan al otro lado empapados, temblorosos,
pero sonriendo con esa sonrisa silenciosa de quienes saben que hicieron algo
importante.
Y entonces, le tomas la mano con fuerza.
Ese simple gesto basta para “secar” el agua de su rostro. Porque no es la mano
la que seca: es la compañía. Es el calor simbólico de decir “si te
atreviste, no fue sola; aquí sigo.”
Ese es el corazón de la Navidad.
Ese es el verdadero final de un año: mirarse, reconocer el trayecto, y saber
que incluso lo difícil valió la pena porque se vivió acompañado.
Y no quiero cerrar sin agradecer a mis gatitos
chismosos: los que leen, preguntan, se ríen, critican, empujan y
acompañan. Son parte del motor, parte del eco, parte de la risa interna que
convierte escribir en un refugio. A ustedes, mi admiración y respeto.
Pero ahora llega el final…
Y este final necesita un golpe de verdad:
Nada en la vida vale más que amar sin miedo.
Y por eso, este cierre tiene destinatarios claros, eternos,
irremplazables:
Carmen
y Manu
A ustedes, mis hijos, a quienes amo por encima de cualquier
distancia, de cualquier silencio, de cualquier obstáculo que pudiera
interponerse entre nosotros.
Ustedes son mi certeza.
Mi brújula.
Mi fuerza.
Mi cascada y mi montaña.
Si alguna vez dudan del mundo, quiero que recuerden esto:
Todo lo que caminé, escribí, aprendí y enfrenté… también fue por
ustedes.
Porque nada me importa más que verlos crecer valientes, felices, auténticos,
capaces de amar sin miedo y de atravesar sus propias cascadas con la frente en
alto.
Llegamos al final.
Pero qué bello final:
uno que nos encuentra empapados, cansados, conscientes…
y profundamente vivos.
Porque este final no cierra nada.
Este final enciende lo que viene...
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