#OPINIÓN: DE PÉRDIDAS Y COSAS TRISTES

DE PÉRDIDAS Y COSAS TRISTES
Por: Jorge Cárdenas Reyes.


Hay dolores que no avisan. No piden permiso ni buscan palabras para justificarse. Simplemente llegan, se instalan y obligan a escribir desde un lugar distinto. Hoy escribo desde ahí: desde la ausencia brutal de Matilda y Café, mi gata y mi gato, asesinados por envenenamiento, víctimas de una crueldad cobarde, de esas que sólo pueden ejecutarse con sangre fría y sin el menor rastro de humanidad. Murieron de la forma más ruin que puede padecer un ser indefenso, cuya única misión en esta tierra era acompañarnos, aligerarnos la vida con su cariño y su presencia silenciosa.

Esta columna está dedicada a ellos. A su memoria. Y también al dolor que significa asumir que ya no están. Porque quien ha amado a un animal de compañía sabe que no se trata de “mascotas”: se trata de familia, de rutinas compartidas, de afectos que no exigen nada a cambio.

A lo largo de mi vida he tenido la fortuna —y hoy también la herida— de compartir el camino con muchos animales que dejaron huella. Barny, mi gato, fue testigo de etapas de aprendizaje, de noches largas y silencios necesarios. Delfina, mi perra, llegó sin avisar y se quedó para enseñar lealtad, nobleza y protección absoluta.

Y estuvo también Beteta, el perro que apareció en pleno momento electoral, cuando la vida pública y la privada se mezclaban más de la cuenta. Entre bromas y coyunturas, le adoptamos el apellido de un político. Hoy, a destiempo pero con total claridad, le pido disculpas por esa comparación tan abominable. Beteta nunca mereció cargar con símbolos ajenos ni con apellidos que no le pertenecían. Él sólo vino a dar amor sincero, sin estrategia, sin cálculo, sin discurso.

En la última década, junto a Manu y Carmen, decidimos convertir nuestro hogar en algo más que una casa: lo transformamos en un refugio de perritos. No fue un plan, fue una consecuencia natural de abrir la puerta y no saber cerrarla ante la necesidad. Llegamos a tener doce perros conviviendo bajo el mismo techo, cada uno con su historia, su herida y su manera particular de volver a confiar.

Con el tiempo, muchos de ellos partieron hacia la eternidad. Se fueron uno a uno, en silencio, dejando espacios vacíos difíciles de llenar. Pero se quedaron conmigo hasta el final Jhony, Hachi, Cleta, Kaleo y el Capy, compañeros fieles que me acompañaron en momentos de incertidumbre, de soledad y de preguntas sin respuesta. Algunos incluso sucumbieron ante el peso del hogar vacío, de la ausencia, de la nostalgia. Porque también los animales sienten la soledad, aunque a veces prefiramos no verlo.

No puedo dejar fuera a Balí, un perrito fiel que acompañó y cuidó hasta sus últimos días a mi madre. Fue su guía cuando ella perdió la vista, sus pasos cuando la oscuridad se hizo permanente, su compañía silenciosa cuando las palabras ya no alcanzaban. Hoy Balí sigue siendo la compañía de mi padre, un lazo vivo entre la memoria y el presente, entre lo que se fue y lo que aún permanece.

Y junto a él, la Chicha y el Wino, que llenan de alegría la casa de mis padres, que devuelven risas, movimiento y vida a los espacios que alguna vez conocieron el silencio. Porque también eso hacen los animales: reparan, sin saberlo, las grietas que deja la pérdida.

Pienso también en los perritos fieles de mi hermano Gregorio, que aún hoy caminan hasta lo que fue su negocio con la esperanza intacta de encontrarlo. Mascarita, la Bailarina, el Niño, la Gordis y el Arracadas siguen esperando, como sólo los perros saben hacerlo, con una lealtad que desarma y duele. Esa imagen resume mejor que cualquier discurso lo que significa el amor incondicional.

Todos —o casi todos— hemos tenido alguna vez un animal de compañía. Un ser que nos espera, que nos reconoce, que nos acompaña sin condiciones. Lo mínimo que esperamos de la vida es que esos compañeros no terminen así: envenenados, asesinados, descartados como si no importaran. Lo ocurrido con Matilda y Café no es un hecho aislado; es un síntoma. Un reflejo descarnado de la crudeza de nuestra sociedad, de la normalización de la violencia, de la sangre fría con la que se atenta contra quienes no pueden defenderse.

El envenenamiento de animales habla de algo más profundo: de una pérdida peligrosa de empatía, de una deshumanización que no distingue entre especies. Porque quien es capaz de matar de esta forma, en silencio y sin remordimiento, ya ha cruzado un límite esencial.

Y aun desde el dolor, la vida pública continúa. La política no se detiene, aunque escribir cueste. En este espacio también quiero reconocer el trabajo de nuestro compañero, colega y amigo Martín Sánchez, quien ha iniciado una columna de análisis político titulada “Rumbo al 2027”. Un ejercicio necesario para entender el presente y pensar el futuro. Les invito a seguirlo y a leerlo en los medios donde se publica; reflexionar también es una forma de responsabilidad.

Quiero agradecer profundamente a todas y todos quienes estuvieron pendientes de este doble gaticidio, a quienes preguntaron por mi estabilidad emocional, a quienes entendieron el amor profundo que siento por mis gatos y por todos los animales que han pasado por mi vida. En tiempos donde el dolor ajeno suele minimizarse, esos gestos acompañan y sostienen.

Esta columna nace desde la herida, pero también desde la convicción. La convicción de que hablar de política sin hablar de humanidad es quedarse a medias. Y de que una sociedad que no cuida a sus animales, que tolera su maltrato y su muerte, difícilmente puede llamarse justa.

Hoy escribo por Matilda y Café.
Por Barny, Delfina y Beteta.
Por Jhony, Hachi, Cleta, Kaleo y el Capy.
Por Balí, la Chicha y el Wino.
Por Mascarita, la Bailarina, el Niño, la Gordis y el Arracadas.
Y por todos los que nos acompañaron sin pedir nada a cambio.
Porque recordar también es una forma de resistir.

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