#OPINIÓN: LA HUELLA DE LA FÉ...
Por: Jorge Cárdenas Reyes

Cada
año, como si se tratara de un río humano imposible de contener, millones de
peregrinos avanzan con paso firme —y a veces tambaleante— rumbo a la Basílica
de Guadalupe. Llegan desde todos los rincones del país impulsados por promesas,
agradecimientos, mandas y una fe que, para bien o para mal, deja huella. Una
huella profunda, visible y, en muchos tramos, imposible de ignorar. Basta
asomarse a las principales avenidas, carreteras y caminos secundarios para
entender que algo grande está ocurriendo.
Estoy
seguro que millones de personas no pueden estar equivocadas acerca de
las muestras de fe que demuestran y profesan. La devoción que se vive
en el camino es real, intensa y conmovedora. Hay quien camina descalzo como
acto de penitencia, quien carga imágenes que pesan más que el cansancio, quien
reza en silencio y quien canta con el corazón en la mano. Las historias personales
se cruzan en cada paso: enfermedades superadas, favores pedidos, promesas por
cumplir. Es imposible no reconocer que algo poderoso mueve a esa multitud que
avanza sin importar el clima, el dolor o la fatiga.
Pero
esa fe que avanza también consume, y lo hace gracias a la
generosidad de cientos de personas que, en el camino, regalan agua, tortas,
fruta, café, atole y todo tipo de alimentos para que los peregrinos sigan
adelante. El problema no es recibir, el problema es lo que se hace
después. La huella más evidente de esta caminata no es solo
espiritual, es material, tangible y desagradable.
La
fe también deja basura. Mucha. Botellas, vasos, platos desechables, envolturas,
restos de comida y bolsas que provienen, en su mayoría, de lo que les
regalan para comer. Esa generosidad termina tirada a los pocos metros,
formando un rastro tan claro que, siendo honestos, si no sabes llegar a
la Basílica, solo tienes que seguir el camino de basura que dejan a su paso.
Es una ironía brutal: la solidaridad de unos convertida en descuido por parte
de otros.
Esa
basura no aparece sola. Es el resultado de tomar lo que se ofrece con buena
intención y abandonarlo sin la menor consideración por el espacio, por quienes
viven ahí o por los mismos voluntarios que horas después tendrán que limpiar lo
que quedó tirado. La huella de la fe, en este punto, se vuelve contradicción:
recibir con gratitud y pagar con descuido.
Otro
punto que duele —y molesta— es el abandono de animales. Ver perritos caminando
desorientados, cansados o simplemente dejados atrás parte el alma y enoja por
igual. Dejar a los animales en el camino no tiene justificación alguna y hay
que decirlo como es: esa es una acción culera, sin rodeos ni
eufemismos. La fe no se demuestra dejando atrás a quien te acompañó fielmente
durante kilómetros.
Y
qué decir de los niños. Exponer a hijos pequeños a largas caminatas, avenidas
congestionadas, cansancio extremo y riesgo de atropellamiento no es valentía ni
devoción, es imprudencia. Porque sí, la fe mueve montañas, pero también puede
llevar a decisiones poco sensatas cuando no se piensa en las consecuencias. Y
siendo un poco chuscos —pero no menos serios—, al accidentarse en el camino se
exponen a conocer a la Virgen en vivo, algo que claramente no está en
el itinerario original ni debería estarlo.
Aun
así, el camino no es solo crítica. También está lleno de humanidad. En medio de
esta experiencia conocí una parte de mi pueblo en Hacienda Panoaya,
un lugar que guarda historia, identidad y memoria colectiva. Caminar por ahí
fue redescubrir un pedazo de lo que somos, pero sobre todo fue hacerlo
acompañado.
Porque
lo mejor no fue el lugar, sino la compañía. Ahí estuvo Azucena,
presencia firme, mano extendida y paso seguro. Su compañía no solo hizo más
llevadero el trayecto, también brindó seguridad, esa que no
siempre se nota, pero se siente: en la palabra oportuna, en el cuidado
constante y en saber que alguien camina a tu lado atento a lo que pueda pasar.
En un camino donde el cansancio y el riesgo son reales, esa presencia vale más
que cualquier promesa.
La
fe deja huella, sí. En el alma, en el asfalto y en la conciencia colectiva.
Ojalá que, así como se recibe con agradecimiento lo que otros regalan para
ayudar a continuar el camino, también se tenga la responsabilidad de no
dejar tirado ese gesto en forma de basura. Porque creer no debería
estar peleado con respetar, con cuidar y con hacerse cargo de lo que dejamos
atrás.
Al
final, la verdadera fe también se nota en la huella que decidimos no
dejar… y en la mano que nos acompaña cuando el camino se vuelve largo.
Publicar un comentario