LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS
Por Jorge Cárdenas Reyes
Teníamos más ilusiones que dinero en los bolsillos.
Teníamos más fe que un actor teatral en su debut.
Viajábamos en las clásicas peseras, o si teníamos mucha suerte, en los autobuses de Los Volcanes o Sur, con rumbo a nuestra amada preparatoria en Tepetlixpa, ese pueblito tan pintoresco como el que describía Jaimito el cartero en la serie del Chavo del 8.
Éramos tan habituales en nuestra rutina estudiantil que los choferes ya nos ubicaban. A veces hasta nos esperaban un poco si nos veían correr cuesta abajo. Había confianza, camaradería, incluso cariño. Por las tardes, entre risas y pláticas, no faltaba quien nos invitara el vasito de coca o el chisme del día.
Fueron los años dorados de la preparatoria, allá por los noventa. Época de mochilas rotas, playeras con el logo deslavado y sueños del tamaño del Popocatépetl.
Después de clases, la bola de amigos se repartía entre los municipios: Tepetlixpa, Ozumba, Atlautla, Amecameca, Huehuecalco… recorríamos las plazas públicas antes de llegar a casa, como si quisiéramos detener el tiempo un ratito más. En esos parques aprendimos a convivir con todos: con los loquitos del pueblo, con los escuadrones del barrio, con los músicos, los poetas y los enamorados sin remedio.
De todos ellos se aprendía algo. Hoy pienso que estaban injustamente satanizados, porque entre su locura había más verdad y libertad que en muchos de nosotros.
En aquellos tiempos —como diría el padrecito de la iglesia cuando se pone nostálgico—, las campañas políticas eran un show diferente. Los tendederos de poste a poste lucían los rostros de candidatos sonrientes, impresos en pendones de plástico que después servían para hacer papalotes o, con suerte, para decorar con bigotes, pecas o gafas chuecas.
Leíamos a Juan Salvador Gaviota y nos sentíamos filósofos del aire. Y para reforzar nuestra faceta de “izquierdistas ilustrados”, cargábamos en la mochila un ejemplar de Un mexicano más, de Juan Sánchez Andraka. Ahí, entre páginas amarillentas, me enamoré de la lectura.
Fumábamos Delicados sin filtro, recargados en los viejos vagones que hacían de pared en una escuela sin bardas. Una escuela que confiaba en sus alumnos, que no temía que alguien se fugara al oír los sones de los chinelos a lo lejos. En esos días, nadie asaltaba una escuela ni una iglesia; había respeto, fe y comunidad.
Recuerdo los pasillos y patios de la preparatoria: caminábamos con cara de saberlo todo, pero en el fondo apenas entendíamos la mitad de la vida. Los viernes eran de convivencia con galletas, refresco y baraja, y nadie se murió de nada.
Las fiestas patronales eran la excusa perfecta para
colarnos a comer un molito en casa de la tía del amigo del primo del compadre.
Y si alguien nos preguntaba por qué habíamos llegado sin invitación,
aplicábamos nuestra filosofía más pura:
“No me dijeron que viniera, pero tampoco me dijeron que no viniera.”
Cuánta sabiduría de unos chamacos que apenas empezaban a entender la vida.
Cuántas veces recorrí el atrio de la parroquia de San Sebastián; las mismas que conté los escalones que llevaban hasta el mirador donde se podía observar el pueblo, la vida, el futuro.
Discutíamos con los maestros, defendiendo nuestro punto de vista. Debates que nutrieron lo que somos hoy, siempre con respeto ante el prócer. Confiábamos en nuestro instinto, caminábamos sin miedo por las calles de los pueblos. Antes —sin afán de politizar—, gobernara quien gobernara, todo era más tranquilo. Dirimíamos nuestras diferencias a puño limpio. Siempre fui malísimo para pelear, pero sigo creyendo que el diálogo es el arma del hombre moderno.
Usábamos los tenis y los jeans desgastados como el alma, lucíamos las playeras enormes de El Haragán y Compañía o de El Tri, con una melena que se fue como los años. Ahora, las entradas de mi cabeza parecen más bien salidas de emergencia.
El Puerco, el Bofe, el Mole, el Priscilo, la Minerva, la Matada de Alma —que el destino, Dios o el diablo no quisieron que fuera mi cuñada—, todos ellos eran mis amigos en aquella preparatoria.
La Gloria y su cazuela de mole “hurtada” en la exposición de ofrendas —según ella, solo prestada por su mamá, y eso iban a comer por la tarde—. Con esa bola de finas personas creamos algo así como el Club del Insomnio, porque dormíamos poco pero soñábamos mucho.
En realidad no era ningún club: solo éramos un puñado de
románticos enamorados de la vida, que intentábamos comernos el mundo a puños.
El problema es que ahora no podemos digerirlo.
Mientras escribo estas líneas, recuerdo todo lo vivido hace tanto tiempo, en el mismo lugar donde conocí a la madre de mis hijos. Pienso en todo lo que el destino manipuló para llevarnos hasta donde estamos, y con quien estamos ahora.
Creo firmemente que lo vivido en el ayer es como un gato perdido que salió a retozar en las azoteas y ha vuelto flaco, con hambre, revolcado y mugroso.
Mis amigos y yo coleccionábamos anécdotas de esas que te reconcilian con la vida. Los Askis sonaban en la radio con toda la fuerza de su música, y nos parecían geniales. Hoy esa misma música sería el fondo perfecto para un TikTok que resumiera lo mucho que hicimos y lo poco que conseguimos.
El Bofe descansa en las entrañas de la tierra.
El Puerco se fue a Cancún a construir sueños.
El Mole se perdió entre la política.
Minerva es una gran psicóloga que aún sueña con transformar el mundo.
Y Alma me paga la nómina, siempre solicitando mi número de esclavo.
Éramos ingenuos, pero nobles. Prácticos y soñadores. Nos gustaban las mismas cosas: intercambiábamos libros y cassettes que grabábamos de la radio, siempre rogando a Dios que el locutor no hablara y nos echara a perder la rola.
Teníamos la intención de montar una estación de radio escolar para que, a la hora del receso, pudiéramos poner canciones y mandar saludos como los sonidos de la época. Le íbamos a llamar Barra Libre, porque cualquiera podía pedir lo que quisiera.
Nos enfiestábamos sin motivo, cantábamos y bailábamos Creep de Radiohead, pero para el desmadre sacábamos el cassette de El Circo de La Maldita Vecindad: Pachuco, Solín, El circo. Fueron los himnos de nuestra generación. También Sam Sam y Anda borracho Pancho, la fila de las tortillas, las risas, las tardeadas donde bailábamos como electrocutados creyendo que impresionábamos a las morritas.
Teníamos tantas ganas de viajar por el mundo, sin nada en los bolsillos más que sueños como equipaje.
No guardo fotos de aquella época en la que todos nos queríamos y nos cuidábamos como hermanos. Ahora los recuerdos están en mi mente, y regresan una y otra vez, aun sin creer que Aracely y Rainer —el Bofe— ya no están físicamente.
Algún día volveremos a coincidir. Y sabremos que cada quien creció a su ritmo, que para crecer más hay que seguir soñando.
Nunca me acostumbraré a las ausencias. Siempre he sido fiel creyente de que de las buenas cosas jamás te separas, aunque al final parezcan sueños etéreos.
Así se me quedaron los recuerdos: atesorados en este
cachivache que tengo por corazón.
Mis amigos fueron el primer Club del Insomnio, ese que aún sigue
abriendo puertas.
No me lo tomen a mal, pero prefiero postergar un poco más el reencuentro con los que ya se fueron.
Mientras eso pasa, y las melancolías hacen lo suyo, dialogo
con el alma y sé que todo lo viví en los días en que Dios estaba de
buenas.
Por eso me fue tan bien.
Hoy convivo con un nuevo grupo de amigos —Martín, Mariana,
Diana, Lupita, Javier—, que me han hecho darle valor de nueva cuenta a la vida.
Y sé que esta vez, nada debe salir mal.
La última… y nos vamos.
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