#COLUMNA: SUBE EL VOLUMEN... ASÍ SUENA ESTA HISTORIA

SUBE EL VOLUMEN: ASÍ SUENA ESTA HISTORIA
Por: Jorge Cárdenas Reyes.


La música llegó a mi vida antes de que yo supiera ponerle nombre a las cosas importantes. No preguntó si estaba listo, simplemente se sentó a mi lado y desde entonces no se ha ido. A veces me acompaña con suavidad, otras me sacude con fuerza, pero siempre está ahí, como esas amistades incómodamente necesarias. Porque la música, paradójicamente, me dio orden en medio del ruido.

Mis primeros acercamientos fueron en el coro de la iglesia de San Juan, la iglesia del barrio, esa que en mis recuerdos aparece sin tantos colores, casi como una fotografía vieja. Tal vez porque entonces no miraba con los ojos de hoy. Recuerdo los ensayos eternos, las bancas duras, el eco de las voces rebotando en las paredes y la sensación de estar cantándole a algo más grande que uno mismo. La voz fue el primer instrumento, el más noble y el más traicionero. Con ella invocábamos ángeles, arcángeles y cualquier figura que nos observara desde el altar, esperando que afináramos no solo la garganta, sino también el espíritu.

Luego llegaron los instrumentos: mandolinas, guitarras, claves, panderos… y muchísimas ganas de pegar de gritos. No sabíamos de armonías ni de escalas, pero intuíamos que ahí había algo poderoso. Descubrí muy pronto que la música es capaz de calmar a las bestias, aunque primero tenga que despertarlas. Gritábamos para encontrar silencio, tocábamos para sentir paz.

La primaria y la secundaria no hicieron más que reafirmar ese camino. Estudiantinas, coros escolares y ese extraño honor de ser el declamador oficial en actos cívicos y festivales. Fue ahí donde entendí el verdadero poder del micrófono. No es el volumen, es la confianza. Al esconderme detrás de él aprendí que la gente cree en quien transmite seguridad, incluso cuando esa seguridad es prestada. Basta con sostener la voz, mirar al frente y disfrutar el momento. La paradoja es clara: cuando uno deja de pensar en sí mismo, empieza a conectar con los demás.

Las flautas dulces fueron otro capítulo memorable. Panasonic, Phillips, Aiwa… marcas que no importaban cuando sonaban Las Mañanitas, Noche de Paz o El Martinillo. Los profesores nos pasaban al frente y ahí, frente a todos, se definía la calificación. Nunca vi, conocí ni supe de alguien que reprobara Educación Artística. Quizá porque el arte no se reprueba, se intenta. Hoy creo que esa materia ya ni existe, y no sé si perdimos una clase o perdimos una oportunidad de aprender a sentir.

La preparatoria fue el punto de inflexión. La estudiantina, las serenatas y el primer intento serio —aunque ingenuo— de hacer radio con los amigos de la época. Descubrimos que hablar también es música, que la voz también se toca. Entre cables, micrófonos y sueños mal conectados, comenzó a formarse otra identidad sonora.

Y entonces llegó una de las etapas más caóticas y entrañables de esta historia: la banda estilo sinaloense del Choche de Juchitepec. Una aventura que, sin saberlo, fue una escuela de vida. Esa banda fue parte fundamental del proceso. Ensayos desordenados, instrumentos prestados, horarios flexibles y un entusiasmo que siempre iba más rápido que la disciplina. Tuvimos un año efímero de presentaciones que nos dejó más borracheras que dinero, más risas que contratos, más historias que certezas.

Todo hubiese sido mejor si todos tocáramos la misma canción… y al mismo tempo. Pero no lo hicimos. Cada quien llevaba su propio ritmo, su propia idea de lo que debía sonar. Y aun así, ahí estaba la lección: no basta con tocar fuerte, hay que escucharse. La música, como la vida, no se sostiene si cada quien va por su lado.

Pasaron los años. La vida se encargó de hacer lo suyo: trabajo, responsabilidades, silencios largos. Pensé que la música se había quedado atrás, guardada en alguna caja de recuerdos. Pero la música es terca. Años después regresé a su mundo, esta vez desde otro frente: la cabina del DJ. Ya no con instrumentos tradicionales, sino con tornamesas, consolas, botones y pantallas. Cambió la forma, pero no el fondo.

Desde la cabina aprendí otra paradoja maravillosa: ahora no hago música, la selecciono; no canto, pero provoco que otros canten; no toco instrumentos, pero hago que la gente se mueva. Ambientar, mezclar, leer la pista, entender el ánimo del lugar… es un diálogo silencioso con el público. Y es maravilloso. Ver cómo una canción transforma el ambiente, cómo une desconocidos, cómo despierta recuerdos que no son míos pero se sienten propios.

Y entonces entendí que el periodismo y la música no están tan lejos como parecen. Ambos escuchan antes de hablar. Ambos cuentan historias. Ambos buscan ritmo, verdad y emoción. No soy el único: somos varios los colegas periodistas que, de lunes a viernes, cargamos cámaras, libretas y micrófonos, y que los fines de semana dejamos la noticia para agarrar guitarras, bajos, baterías, tornamesas o consolas.

Cambiamos la nota informativa por una canción, pero seguimos contando algo. Tal vez por eso nos entendemos tan bien con la música: porque también es una forma de narrar la realidad. Con acordes en lugar de palabras. Con beats en vez de titulares. Al final, todo se resume en lo mismo: comunicar, conectar y provocar. Y mientras haya historias que contar —desde una redacción o desde una cabina de DJ— la vida seguirá sonando.

2 Comentarios

  1. Exelente la manera en la que cantando o en una nota nos adentras a algo nuevo, pero siemore aprendiendo . felicidades por qué te apaciona tu carrera,tu trabajo y nos haces participe de ello!

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  2. La vida sigue y la música nunca debe de parar!!!

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