El Sistema de Transporte Colectivo Metro no era únicamente un medio para llegar al trabajo: era un universo propio, un escenario donde la ciudad se expresaba sin filtros y donde aprendimos, a fuerza de repetición, a convivir con el otro.
Cada jornada comenzaba antes de que el sol se acomodara del todo sobre la ciudad.
El viaje rumbo a las instalaciones de El Universal, en Bucareli y Reforma, estaba lleno de pequeñas peripecias que hoy recuerdo con una sonrisa resignada. Escaleras interminables, trenes que parecían no llegar nunca, anuncios de “avance lento”, y ese ritual colectivo de apretarse un poco más para que todos cupiéramos, aunque fuera respirando de lado.
Pero en medio del caos surgía algo extraordinario: el encuentro. Ahí estaban los compañeros de trabajo, reporteros, fotógrafos, editores, todos con la mirada aún adormilada pero con la cabeza llena de historias por contar. Y estaban también esos otros viajeros que, sin pertenecer a la redacción, compartían con nosotros la misma ruta y el mismo destino simbólico: el trabajo.
De tanto viajar a la misma hora, nos reconocíamos. No sabíamos nombres, pero sabíamos gestos. El señor del portafolio gastado, la mujer del suéter rojo, el joven que siempre leía de pie.
Poco a poco, la coincidencia se transformaba en familiaridad y la familiaridad en amistad. Un “buenos días”, un comentario sobre el clima o el retraso del tren bastaban para romper la barrera del anonimato. Éramos una comunidad silenciosa, forjada a base de puntualidad y cansancio compartido.
Las horas pico mostraban el rostro más áspero de la Ciudad de México. El Metro se volvía una olla de presión donde cualquier roce podía convertirse en conflicto. Sin embargo, viajar de noche o de madrugada era otra historia. A contraflujo de todos, la ciudad se sentía distinta, casi cómplice.
Mientras la mayoría dormía, nosotros nos desplazábamos para cumplir con una misión que pocos ven pero muchos leen: que las rotativas trabajaran a su máxima capacidad y que el papel impreso llevara, al amanecer, el trabajo de periodistas que habían enviado con anticipación sus notas y fotografías desde los distintos frentes informativos. Era un orgullo silencioso formar parte de ese engranaje.
Hace poco, regresé a esos rumbos. Lo hice acompañado de mi realidad y de mi futuro, caminando sin prisa por las calles aledañas a lo que fue mi casa editorial. El reencuentro no podía ser completo sin una parada obligada: una sopa de tortilla del Kioskito, tan exquisita como la recordaba, acompañada de un taco de chamorro en carnitas que sabía a memoria y a gratitud.
Después, la mítica avenida Juárez nos regaló escenas entrañables: mis acompañantes tomando fotos del recuerdo, en sus primeras aventuras fotográficas, capturando fachadas, reflejos y momentos que para mí ya eran historia viva.
El recorrido siguió por el Barrio Chino, pequeño en tamaño pero enorme en carácter, y culminó como manda la tradición chilanga: con un pan de La Ideal, esa panadería legendaria asentada sobre la avenida 16 de Septiembre, donde cada bocado parece resumir décadas de ciudad.
Caminar el Centro Histórico sin la presión de “llegar al trabajo” permite descubrir —o redescubrir— la maravilla arquitectónica que nos rodea y entender que esta ciudad siempre guarda una sorpresa más.
A veces pienso que la Ciudad de México es mejor que cualquier inteligencia artificial: impredecible, caótica, contradictoria y profundamente humana.
Nos pone a prueba todos los días, pero también nos enseña. Nos tiene tan controlados por el estrés que explotamos a la menor provocación. Nos decimos “wey” como si fuera una palabra de confianza universal, pero basta un “cóbrame bien mi pasaje, wey” para que casi termine en zafarrancho.
Pude ser testigo cómo entre hombres la bronca ya se había calmado, hasta que la mujer del pasajero la reavivó con tal intensidad que todos terminaron bajados del transporte público. Escenas cotidianas de mi México mágico, donde lo absurdo y lo real conviven sin pedir permiso.
Hoy, además, la ciudad nos enfrenta a un reto mayor: una emergencia sanitaria que vuelve a recordarnos lo frágiles que somos. La epidemia que azota nuevamente al país no distingue prisas ni destinos.
Las congregaciones masivas —el Metro, los camiones, las calles abarrotadas— nos muestran con claridad que somos vulnerables cuando bajamos la guardia. Usar cubrebocas y vacunarse contra el sarampión no debería ser motivo de debate, sino de responsabilidad colectiva. La prevención también es una forma de solidaridad, una manera de cuidar al desconocido que viaja a un metro de distancia.
Tal vez la gran lección esté ahí: en aprender a bajar el ritmo, a caminar sin prisa, a observarnos como comunidad y no sólo como individuos apurados. La ciudad seguirá siendo caótica, sí, pero también puede ser más humana si entendemos que compartir el espacio implica cuidarnos unos a otros.
Porque al final, entre estaciones, recuerdos, epidemias y reflexiones, la vida en esta ciudad se juega justo ahí: a un metro de distancia.

Publicar un comentario