#OPINIÓN: SE AGANDALLARON CON EL GANDALLA

SE AGANDALLARON CON EL GANDALLA
Por: Jorge Cárdenas Reyes


Hay muertes que no solo duelen: incomodan. Porque obligan a mirar de frente lo que como sociedad preferimos esquivar. La muerte de César Aristeo, de 44 años, es una de ellas. No fue un “accidente” más ni una cifra que deba diluirse en reportes oficiales. Fue el resultado de una cadena de abusos, omisiones y negligencias que hoy tienen nombre, rostro y consecuencias irreparables.

A César, entre sus conocidos, le decían “El Gandalla”. No por abusivo ni por prepotente, sino por ese apodo irónico que suele nacer de la confianza, del barrio, de la camaradería. El Gandalla era el amigo, el esposo, el padre. El que resolvía, el que trabajaba, el que salía a enfrentar la calle como millones todos los días. Y la tragedia quiso que al Gandalla se lo agandallara el verdadero gandalla: el que llevaba uniforme, motor pesado y una sensación de impunidad.

César vivía en Guadalupe Victoria, Ecatepec. Era esposo y padre de dos hijas, una de ellas universitaria. Su vida giraba alrededor de su familia, de los pendientes diarios, de llegar a fin de mes. Ese día viajaba en una motoneta acompañado de Mariana, una joven que hoy se debate entre la vida y la muerte, cuando un camión de la Guardia Nacional los embistió. De acuerdo con testimonios, el vehículo oficial se pasó el alto y además circulaba por el carril confinado del Mexibús, un espacio que no le correspondía.

Ese detalle no es menor. Es el símbolo perfecto del abuso: invadir lo que no te pertenece porque puedes hacerlo. Porque nadie te detiene. Porque crees que la ley es para otros.

César y Mariana no estaban jugando carreras ni huyendo de nada. Ella había acudido a pedir que le compusieran su motoneta; ambos iban por una pieza para la reparación. Un trayecto simple, cotidiano, de esos que nadie imagina que terminarán en tragedia.

Hoy, Mariana permanece en estado grave, ha sufrido varios infartos y su familia vive atrapada entre la esperanza y el miedo, preguntándose si mañana seguirá respirando.

Durante el velorio de César sonó “Cuarto para las dos”. No como música ambiental, sino como despedida. Como un último gesto para quien ya no volvería a ocupar su lugar. Después, su cuerpo fue llevado a Oaxaca, su tierra de origen, donde fue sepultado. El Gandalla volvió a casa, pero en silencio.

Aquí, mientras tanto, quedaron las preguntas incómodas y la exigencia que no se apaga. Los familiares piden justicia y algo elemental: que los responsables se hagan cargo de los gastos médicos, funerarios y del daño causado. No piden favores, piden responsabilidad. Sin embargo, aparece la sombra conocida: una garantía de pago que podría permitir que el culpable enfrente el proceso en libertad. La ley mostrando, otra vez, su rostro desigual.

Pero esta historia no se explica solo desde un volante oficial. También revela una realidad que nadie quiere asumir. El exceso de motonetas vendidas de manera irresponsable, sin capacitación ni conciencia vial, es parte del problema.

Se colocan en el mercado con tal de vender, sin importar si quien las conduce está preparado. Y del otro lado está la falta de equipo de protección personal, una omisión que no siempre nace de la irresponsabilidad, sino de la necesidad, el desconocimiento o la prisa por sobrevivir.

Nada de eso justifica una muerte. Nada. Pero sí exhibe un sistema donde todos fallan y donde el más frágil siempre pierde.

Hoy la solidaridad debe ser clara y sin matices: con la familia de César Aristeo, “El Gandalla”, que perdió a un padre y a un esposo; y con la familia de Mariana, que sigue esperando que la vida no se les escape entre tubos, monitores y silencios médicos. Solidaridad que no se quede en palabras, sino que se convierta en exigencia pública.

Porque si este caso se diluye, si se negocia, si se archiva, el mensaje será brutal: que en este país el apodo sobrevive más que la justicia, y que el poder puede atropellar sin consecuencias.

Y ahí está el verdadero cierre, el que duele decir pero más duele ignorar:
al Gandalla lo mató el gandalla de verdad, el que no respeta semáforos, carriles ni vidas.

Y si permitimos que eso quede impune, entonces no solo perdimos a César…
perdimos la poca dignidad que le quedaba a la ley.

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