#OPINIÓN: Cuando el miedo se volvió costumbre... y por fin algo lo sacudió

Por: Jorge Cárdenas Reyes

Imagen: internet

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), no se siente igual en todos lados. En algunos lugares será un dato más en el noticiero. En otros, una estadística dentro de la guerra interminable contra el crimen. Pero en la zona oriente del Estado de México, la noticia tiene otro peso. Aquí no se habla de estrategias geopolíticas ni de grandes titulares: se habla de la posibilidad —todavía frágil— de respirar un poco distinto.

En municipios como Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán o Valle de Chalco, la presencia del CJNG no era una historia lejana. Era la realidad del señor que vende tacos y tiene que pagar “cuota”. De la señora que abre su papelería y sabe que cada mes alguien pasará a cobrarle por dejarla trabajar. Del chofer de combi que, además de gasolina y mantenimiento, tenía que contemplar el pago obligatorio para que no le quemaran la unidad.

Lo más doloroso no fue solo la violencia. Fue la costumbre. Nos acostumbramos a escuchar que incendiaron otro negocio. Nos acostumbramos a ver circular audios con amenazas. Nos acostumbramos a que el cobro de piso se volviera tan común como pagar la luz. La diferencia era brutal: si no pagas impuestos, hay multas y procesos; si no pagas la cuota criminal, hay balas y fuego. Así de claro.

Durante años, el poder de ese grupo creció tanto que parecía invencible. Se hablaba de su expansión como si fuera una fuerza de la naturaleza, inevitable. Y en esa sensación de inevitabilidad se fue instalando algo peor que el miedo: la resignación. “Así es aquí”, decían muchos. “Mejor pagar que arriesgarse”. Y cuando la gente trabajadora empieza a asumir la extorsión como parte normal de la vida, significa que algo muy profundo se rompió.

Por eso, más allá del personaje, su muerte era necesaria. No por sed de venganza ni por espectáculo, sino porque ningún grupo puede convertirse en autoridad paralela sin que el Estado pierda sentido. Era insostenible que hubiera colonias donde la palabra del crimen pesara más que la ley. Era insoportable que miles de familias trabajaran no para crecer, sino para sobrevivir bajo amenaza.

Pero tampoco hay que engañarnos. La muerte de un líder no borra de un día para otro la red que dejó sembrada. No desaparece mágicamente a quienes cobran, ni limpia de golpe las complicidades, ni garantiza que otro grupo no quiera ocupar el espacio. El riesgo de reacomodos existe, y la historia reciente nos lo ha enseñado más de una vez.

Lo que sí cambia es el símbolo. Se cae la idea de que eran intocables. Se rompe la narrativa del poder eterno. Y eso, en un territorio donde el miedo se volvió parte del desayuno diario, no es poca cosa.

Ahora viene lo verdaderamente importante. Si las autoridades no consolidan presencia real, si no protegen a quienes denuncien, si no fortalecen las policías locales y atacan el dinero que alimenta estas estructuras, todo podría quedarse en una escena más dentro de una historia repetida. La gente del oriente no necesita fuegos artificiales; necesita certeza. Necesita abrir su negocio sin calcular cuánto le van a exigir. Necesita trabajar sin sentir que cada cliente también es un riesgo.

Y aquí vale decir algo incómodo: también nosotros, como sociedad, nos fuimos adaptando demasiado fácil. El miedo nos hizo prudentes, sí, pero también silenciosos. Entendible, por supuesto. Nadie quiere convertirse en ejemplo trágico. Pero si la caída de este líder no sirve para recuperar la voz, entonces habrá sido solo un cambio de nombre en el mismo problema.

Ojalá esta vez sea distinto. Ojalá el comerciante pueda volver a pensar en ampliar su negocio en lugar de solo resistir. Ojalá el transportista vuelva a preocuparse más por el tráfico que por la amenaza. Ojalá la palabra “cuota” deje de doler.

Porque al final, más que la caída de un capo, lo que importa es que deje de ser normal vivir con miedo. Y si después de todo lo que hemos pasado volvemos a acostumbrarnos, entonces el problema no será que el crimen sea poderoso… sino que nosotros hayamos aceptado que lo fuera.

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