LA MÚSICA ESTÁ EN EL AIRE
Por: Jorge Cárdenas Reyes
Son las 23:50, al momento de escribir esta columna. Afuera, mi pueblito guarda un silencio extraño, un silencio que no es ausencia… sino eco. Porque aunque la fiesta de Santa Cecilia ya terminó, sus notas siguen suspendidas en el aire, como si la noche se negara a dejarlas caer. Los cohetes ya no truenan, las danzas ya no avanzan, los músicos ya guardaron sus instrumentos… y sin embargo, la calle late. Late con ese pulso suave de las cosas que fueron intensas hace apenas unas horas.
Yo estoy aquí, frente a la computadora, acompañando esa resonancia que llega desde lejos. Y mientras escribo, siento que a veces uno no necesita estar en medio de la fiesta para entenderla; basta con escucharla desde la distancia, donde la nostalgia afina mejor que cualquier tuner.
Y pienso en mis amigos, en esos músicos que no solo tocan: sostienen la memoria sonora de este pueblo. Ellos viven dos vidas:
la visible, la de lunes a viernes, donde cumplen con trabajos que a veces ocultan la grandeza que llevan dentro;
y la verdadera, la que aparece cada sábado cuando cambian el uniforme por la pasión, el escritorio por la tarima, las obligaciones por la música que les sale del pecho como un destino inevitable.
Ahí están los Ashas Smile, siempre eléctricos, siempre encendidos, siempre necesarios.
David, baterista de nacimiento, de vocación, de instinto. Su forma de tocar no pide permiso: marca territorio, endereza el mundo, acomoda el alma. Porque sí, digámoslo con claridad y orgullo:
el baterista es el único músico que entiende la música a madrazos, y David lo demuestra en cada golpe.
Gael, vocalista, dueño de una voz que sabe navegar emociones. Su canto no solo suena: interpreta. Tiene esa cualidad de mover algo adentro que uno pensaba ya dormido.
Marco, también vocalista, con una presencia que llena espacios incluso antes de que la primera palabra salga de su boca. Hay voces que cargan historias, y la suya es una de ellas: profunda, honesta, directa, inevitable.
Iván, cuyo ritmo parece tatuado en la sangre.
Germán, que puede transformar cualquier canción en una declaración.
Los imparables Al Atake Klandestino, que convierten hasta el silencio en fiesta.
Y Julio, el Elfo, baterista también, otro hijo de las baquetas, otro que entiende la música por impacto, vibración y energía pura.
Está Lulú, con su voz de soprano que parece venir de un sitio más alto que nosotros. Hay voces que iluminan; la de ella deslumbra.
El Trío Áureo, artesanos del sonido fino, de esos que no solo tocan: tallan.
Brayan y Chuchín, que muestran que lo musical no solo se escucha: se vive, se respira, se contagia.
Y cómo dejar fuera al Coko y su Oriente Negro, ese ritmo que lleva el sabor de la calle, la herencia, los pasos antiguos, la voz del barrio. Su música es territorio y raíz, como si cada golpe de tambor y cada línea de bajo dibujara un mapa emocional.
Y ahora también debo mencionar a Polo de Doctor Coss, un nombre que por sí solo convoca otro paisaje. Polo no solo toca: invoca. Tiene esta cualidad rara de traer consigo, en cada nota, la identidad de un lugar entero. Cuando Polo aparece, es como si el noreste entero respirara más fuerte.
Y luego, mis queridos DJ, esos alquimistas modernos del ritmo que muchos todavía se resisten a llamar músicos. Pero yo los he visto: sostienen la noche, moldean emociones, detienen o aceleran el tiempo con un giro de mano. ¿Qué es eso sino música?
Pipol DJ, el que tiene la rara habilidad de leer almas.
El Capi Yorch, quirúrgico, exacto, preciso.
Todos los boys, que han hecho de la madrugada un escenario eterno.
Checo Galicia, siempre profesional, siempre impecable.
Y Martín Sánchez, que no solo domina la tornamesa: también “le rasca las tripas al gato”, porque quien es músico… encuentra música en todo.
A todos ellos —y a todos los músicos que ahora leen estas líneas— quiero decirles algo que no cabe en un aplauso, ni en un mensaje, ni en un brindis:
Felicidades.
Gracias por existir.
Gracias por sostener la esencia del pueblito, de la vida, de la memoria.
Gracias por mantener vivas las canciones, incluso cuando nadie las aplaude.
Gracias por seguir tocando aunque a veces el cansancio, la rutina o la vida misma intenten desafinarlos.
Hoy, a las 23:50, mientras cierro esta columna y escucho el último suspiro de la fiesta que ya se marchó, siento una verdad luminosa:
La música sigue en el aire porque ustedes siguen en el aire.
Porque mientras exista un músico despierto —aunque sea uno solo—
mi pueblito, este mundo y esta noche… jamás estarán en silencio.
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