#OPINIÓN: MANEJO DE ESTRÉS
Por: Jorge Cárdenas Reyes
Y aunque a muchos les cueste admitirlo, el estrés también nos conecta. Nos hace comentar el tráfico con un desconocido, soltar una risa nerviosa con quien está pasando por lo mismo, cruzar una mirada de “ya no puedo más” que se convierte en complicidad. Nos une. Es parte del lenguaje cotidiano que compartimos sin siquiera darnos cuenta.
La ciudad misma vive de ese ritmo acelerado. Uno pensaría que sería perfecto vivir sin estrés citadino, pero sería como quitarle el pulso a lo que nos rodea. Nos guste o no, hemos aprendido a caminar al mismo paso que la prisa. Forma parte de nuestra historia diaria.
Hoy, martes 25 de noviembre, estoy escribiendo esta columna antes de tiempo. Normalmente la hago con más calma, ya al final de la semana, pero esta vez el estrés fue quien me sentó frente al teclado. Y no cualquier estrés: uno que viene de un evento que, al momento de publicarse estas líneas, estará a un día de terminar. Ha sido una semana intensa, buena, complicada, llena de pendientes y de sorpresas, de esas en las que uno siente que el día se quedó corto.
Pero entre todo ese torbellino también hubo momentos que solo nacen en medio de la presión: risas espontáneas, chistes improvisados, fotos con lásers que se tomaron casi por ocurrencia pero que ahora cargan un simbolismo especial; e incluso un simulacro de sismo involuntario que hizo brincar a alguien que termino riendo de susto . Cosas así, que en el momento parecen caos puro, luego uno las recuerda con cariño porque ahí, justo ahí, es donde el estrés deja de ser carga y se convierte en lazos.
Mi vida laboral siempre ha sido así: movida, intensa, llena de carreras y decisiones súbitas… y la verdad, la disfruto. Es un ritmo que me hace sentir útil, despierto, involucrado. No sé vivir en la calma absoluta, no es mi estilo. Prefiero este dinamismo imperfecto que me obliga a crecer, que saca lo mejor de mí cuando siento que ya no me queda mucho que dar.
Por eso creo que el estrés no es algo que debamos borrar de nuestras vidas, sino entender. Aprender a convivir con él, a transformarlo un poco, a usarlo a nuestro favor cuando se pueda. Y también a reconocerlo cuando está pasando de ser un impulso a convertirse en un peso innecesario.
Estos días me enseñaron algo que solo se entiende cuando uno va al límite: el estrés también nos muestra quiénes somos de verdad. Nos revela resistencias que no sabíamos que teníamos, nos obliga a tomar aire para seguir, y nos recuerda que lo importante no es que todo salga perfecto, sino que todo salga con intención, con entrega.
Mañana, cuando este evento termine, no solo veremos un resultado. Veremos el camino completo: cada esfuerzo, cada desvelo, cada improvisación, cada risa que alivió un momento tenso. Todo eso quedará ahí, como una historia que vale la pena contar.
Y sé que ese cierre traerá una mezcla rara pero hermosa: alivio por haber llegado, orgullo por no habernos rendido y gratitud por quienes estuvieron cerca haciendo la carga más ligera.
Por eso hoy lo digo con toda sinceridad:
Si el estrés va a estar en nuestra vida —porque lo estará— que al menos nos recuerde que seguimos vivos, que algo nos importa, que todavía estamos en movimiento. Que sea impulso, no lastre; conexión, no ruptura; aprendizaje, no castigo.
Porque sí, una vida sin estrés sería quizá más tranquila...
Pero también sería una vida sin intensidad, sin historias, sin esas anécdotas que hacen que valga la pena sentarse a escribir una columna como esta.
Y yo, lo digo sin dudar, prefiero esta vida imperfecta, acelerada, llena de momentos inesperados… porque es justamente ahí, en medio del estrés, donde suelen nacer las mejores historias.
Publicar un comentario