FIN DE AÑO, FIN DE TODO...
Por: Jorge Cárdenas Reyes
Hace unos días alguien me dijo que la imagen que acompaña esta columna parecía más una esquela que un encabezado. Que si los tonos grises, que si la opacidad, que si el título de mi escrito anterior “La última y nos vamos” sonaba más a despedida que a reflexión. Hubo incluso quien preguntó qué me había pasado… que de qué me había muerto. Me reí, pero también pensé: ¿de verdad el estado del alma se nota tan rápido? ¿Uno escribe más oscuro cuando carga más peso?
Esa simple observación me llevó de regreso a 1997, donde escuché una frase que me marcó sin yo saberlo:
“Quiero morir joven, para ser un cadáver guapo.”
La escuché, la repetí y, por muchos años, la llevé como un tatuaje mental que no sabía que se había infiltrado en mis deseos, en mis objetivos, en mis miedos. Como si fuera un lema, un susurro que mi propia cabeza se repetía en silencio. Hoy entiendo que era una frase peligrosa, pero yo era joven, impulsivo y dramático, y pensé que la juventud eterna era un mérito… como si envejecer no fuera un privilegio.
Hoy, que ya no soy ese chamaco pero todavía, según un sector femenino muy amable, mantengo algo de guapo (gracias, de verdad), cada fin de año me da por mirar hacia atrás. Como si el calendario que se va me obligara a hacer inventario: de mis logros, de mis pérdidas, de las notas que escribí, de los poemas que nunca envié, de las cartas que sí me atreví a entregar y de las que quizá nunca debí escribir.
Y en medio de ese repaso personal, el viernes pasado estuve presente en la ceremonia por los 164 años de la fundación de Amecameca, mi municipio. De esos 164, yo he vivido 45 aquí, respirando este aire, caminando estas calles, viendo cómo cambian, cómo crecen, cómo desaparecen. Tengo memoria suficiente para recordar dos versiones muy distintas del mismo pueblo.
Mi madre siempre cuenta que nací gracias a doña Petra, la partera del pueblo. Según mis vecinos, desde recién nacido ya prometía ser cantante, porque mis pulmones despertaban a media colonia con cada llanto nocturno. No sé si cantante… pero escándalo siempre di.
Crecí viendo correr arroyos donde hoy solo hay piedras. Jugué en ríos donde ahora hay polvo. Los balones se nos iban cuesta abajo porque la corriente se los llevaba; ahí íbamos tras ellos, como si recuperar una pelota fuera una misión épica. Y al atraparlos, bebíamos agua del mismo río para quitar la sed. Agua transparente, fría, viva. Algo que hoy parecería fantasía.
Igual se fueron los bosques. Los hongos de temporada que crecían al pie de los árboles en la Piedra del Conejo. Aquellos paseos en los que regresábamos con las manos y la ropa llenas de tierra, pero con la sonrisa satisfecha del que convivió con la montaña. Años después llegaron los expertos a decir que el gusano descortezador arrasó con todo. Pero uno, que creció aquí, sabe que esa plaga solo vino a rematar un bosque que ya venía herido por descuido, por incendios, por tala, por olvido.
Mi mamá vivió su infancia en un paraje llamado Tomacoco, entre manzanares. La cocina de mi abuela era de piedra y barro; la leña ardía y llenaba el aire de ese olor que ahora solo encontramos en restaurantes “de ambiente campirano”. Corríamos como cabritas entre la hierba, entre árboles que daban sombra real, no sombra prestada por estructuras de lámina. Y sí: hoy nada de eso existe.
Y entonces me pregunto:
¿Qué vieron nuestros fundadores para decidir que aquí, y no en otro sitio, debía nacer Amecameca?
La historia dice que fueron nuestros volcanes: gigantes nevados todo el año, con agua, bosque y vida alrededor. Era un valle fértil, generoso, ampliado por la fe y la esperanza de quienes lo habitaban.
Pero llegó el tiempo, llegaron los cambios, llegó la modernidad mal entendida. Antes no pagabas 400 pesos por ver luciérnagas; las tenías en el patio. Antes no necesitabas “experiencias ecoturísticas” guiadas por alguien con chaleco fosforescente; tú eras parte del bosque, sabías por dónde caminar sin lastimarlo. Antes no había parques con árboles desechables que mueren el 7 de enero; había bosques completos que vivían décadas.
Recuerdo cuando viajar al Distrito Federal era una aventura. Pasábamos por el puente sobre la México-Puebla y, donde hoy hay plazas comerciales, antes corrían avestruces. Ver avestruces en medio de ese paisaje era tan extraño como maravilloso. Hoy solo queda la anécdota.
Un día, mi compadrito Gil, del pueblito, me dijo con una sabiduría que en ese momento no valoré del todo:
“Quiero ver que un día le muerdan a sus billetes, porque ya no va a haber tierra donde sembrar maíz, frijol, calabacitas… Entonces sí, compadrito, estaremos de verdad jodidos.”
Y mire usted… esos tiempos están llegando.
Hoy hay casetas de cobro en lugares donde antes había senderos libres. Te cobran por caminar, por respirar, por pasear al perro. Y mientras algunos se llenan la boca diciendo “ecoturismo”, otros –los de siempre– se llenan los bolsillos a costa del territorio y a costa de los ejidatarios que solo ven las migajas.
A veces me pregunto cuánto han visto mis ojos.
Cuánto han dejado de ver.
Cuánto ya no verán las generaciones que vienen detrás.
Y no lo digo con pesimismo. Lo digo con tristeza, sí, pero también con una esperanza terca, de esas que sobreviven incluso cuando el panorama se ensombrece.
Porque al final, Fin de año, fin de todo no es una frase de derrota.
Es un recordatorio de que todo cierre exige un inicio.
De que cada diciembre deberíamos preguntarnos no qué se terminó… sino qué estamos dispuestos a comenzar.
Reflexión final (respetada tal como la pediste)
Llegará un día —pronto, quizás demasiado pronto— en el que el paisaje de nuestra infancia solo existirá en la memoria de quienes aún alcanzamos a tocarlo. Por eso, si algo debe morir este fin de año, que sea la indiferencia. Para que lo único que siga vivo sea lo que todavía podemos salvar.
Porque no se trata del fin de todo. Se trata, más bien, del principio de lo que decidamos cuidar.
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