#OPINIÓN: A DIOS ORANDO Y CON EL MAZO DANDO

 A DIOS ORANDO Y CON EL MAZO DANDO

Por: Jorge Cárdenas Reyes


En la región de los volcanes la fe no es un accesorio: es raíz. Es herencia. Es identidad que se respira en las calles empedradas, en los atrios llenos, en las bandas que acompañan procesiones bajo el cielo vigilado por gigantes de fuego y nieve. En Ozumba, Tepetlixpa y Juchitepec las festividades patronales y los carnavales no son simples eventos del calendario: son parte del ADN comunitario.

Pero algo se ha ido torciendo.

A Dios orando y con el mazo dando.

La frase popular retrata con una precisión incómoda lo que estamos viviendo: devoción en el discurso, descontrol en la práctica. Procesiones solemnes por la mañana, música estridente por la tarde y, demasiado a menudo, riñas por la noche. La espiritualidad como marco; el exceso como protagonista.

No se trata de moralismos trasnochados ni de nostalgia selectiva. Las fiestas siempre han tenido alegría, baile y celebración. El problema no es la música ni la convivencia; el problema es cuando el alcohol deja de ser acompañante y se convierte en combustible. Cuando el fervor religioso termina ahogado en cerveza y el respeto se evapora al ritmo de la tambora.

Lo ocurrido en el reciente carnaval de Juchitepec debería encender todas las alarmas. Según la información difundida en distintos portales y redes sociales, familiares del alcalde morenista Juan Calvo habrían agredido a los hijos del periodista Joel Sánchez Amaro. El señalamiento es grave no solo por la agresión en sí, sino por el contexto: cuando los nombres cercanos al poder aparecen vinculados a hechos violentos, la percepción de impunidad se vuelve casi automática.

No estamos hablando de un pleito aislado entre asistentes anónimos. Estamos hablando de un episodio que, de confirmarse, involucra a personas relacionadas con la autoridad municipal. Y en ese terreno, la línea entre conflicto y abuso se vuelve delicada. La confianza pública se erosiona con rapidez cuando el poder parece tener trato preferencial.

Desde esta tribuna, la solidaridad con Joel y su familia. Y que no se diluya en el ruido festivo la frase que lanzó al hacer pública la denuncia: “TENEMOS MIEDO, PERO DEBEMOS HACERLO A UN LADO.”

Esa frase pesa. Pesa porque no debería formar parte del vocabulario cotidiano de quien ejerce el periodismo en su propio municipio. Pesa porque evidencia que denunciar puede implicar riesgos. Pesa porque revela que, detrás de la música y los disfraces, hay tensiones que no se quieren reconocer.

No es la primera vez que una fiesta en la región termina con golpes, empujones o amenazas. Basta revisar videos que circulan cada año: grupos confrontándose, jóvenes fuera de control, discusiones que escalan en segundos. Después vienen los comunicados oficiales, las versiones encontradas, las promesas de investigación. Y, con el paso de los días, el silencio. Hasta el siguiente carnaval.

Aquí hay una corresponsabilidad ineludible. Las autoridades municipales suelen caminar sobre una cuerda floja: quieren promover la tradición, atraer visitantes, fortalecer la economía local. Y eso es legítimo. Pero la promoción sin control es una fórmula peligrosa. Cuando la regulación de la venta de alcohol es laxa, cuando la vigilancia es insuficiente o reactiva, cuando los protocolos de seguridad no se aplican con firmeza, el mensaje es claro: la fiesta está por encima del orden.

Pero sería injusto cargar todo el peso en el gobierno. La ciudadanía también juega su papel. Nos indigna la violencia, pero celebramos el exceso. Nos quejamos de la inseguridad, pero justificamos la venta irregular porque “hay que aprovechar”. Criticamos la falta de autoridad, pero protestamos cuando se intenta poner límites. Hemos construido una cultura donde la norma se negocia y la responsabilidad se diluye entre todos.

Y, sin embargo, el contraste existe. En Amecameca, miles de personas continúan llegando cada año para subir al Cerro del Sacromonte. Lo hacen movidos por la fe, por la tradición, por la necesidad íntima de agradecer o pedir. Ahí, en la subida pausada y en la vista amplia desde lo alto, la espiritualidad se vive sin estridencias. No hay necesidad de desbordes para sentir comunidad. No hay que empujar a nadie para demostrar devoción.

Esa imagen debería servirnos como espejo. Porque demuestra que es posible convocar multitudes sin convertir el espacio público en campo de batalla. Que es posible tener tradición sin tolerar violencia. Que la fe, cuando es genuina, no necesita coartadas.

La pregunta de fondo es incómoda: ¿qué tipo de fiestas queremos? ¿Las que dejan derrama económica pero también denuncias? ¿Las que llenan plazas pero vacían confianza? ¿Las que se recuerdan por el colorido o por los conflictos?

El poder político no puede permitirse ambigüedades. Gobernar implica tomar decisiones impopulares si son necesarias para proteger la convivencia. Implica aplicar la ley incluso cuando toca a cercanos. Implica entender que la autoridad moral se construye con coherencia, no con discursos festivos.

Y la ciudadanía debe asumir que tradición no es sinónimo de permisividad. Que celebrar no equivale a perder el control. Que la libertad se ejerce mejor cuando reconoce límites.

Quizá el verdadero problema no sea el carnaval, sino la normalización del desorden. Esa peligrosa resignación colectiva que nos hace decir “siempre pasa algo” como si fuera inevitable. No, no es inevitable. Es consecuencia. Consecuencia de decisiones tibias, de controles insuficientes, de indulgencias repetidas.

La región de los volcanes merece algo más que esa contradicción permanente entre fe y violencia. Merece celebraciones que fortalezcan el tejido social, no que lo tensen. Merece autoridades firmes y ciudadanos conscientes. Merece que la frase “tenemos miedo” no tenga cabida en medio de una tradición que debería unir.

Porque al final, las fiestas pasan. Las luces se apagan, la música cesa, las calles se vacían. Lo que queda es la memoria colectiva. Y esa memoria puede ser orgullo… o advertencia.

Si seguimos orando con una mano mientras con la otra sostenemos el mazo del descontrol, no podremos sorprendernos cuando el golpe nos alcance a todos. Pero si somos capaces de recuperar el equilibrio —autoridades aplicando la ley sin titubeos, ciudadanos respetando normas sin buscar atajos— todavía estamos a tiempo.

A tiempo de que la fe vuelva a ser el centro y no la excusa.
A tiempo de que la tradición sea encuentro y no confrontación.
A tiempo de que el poder sea responsabilidad y no blindaje.

Porque la verdadera grandeza de un pueblo no se mide por el volumen de su fiesta, sino por la paz con la que sabe celebrarla.

1 Comentarios

  1. Tienes razón, la moral, la ética y el civismo en la sociedad esta más relajado que nunca, pero lo que como humanos propiciamos, con humanidad, autoridad y disciplina hemos de rescatar, volvamos los ojos a las familias a lo que esta sucediendo en los hogares y sobre todo a lo que no está sucediendo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente