A DIOS ORANDO Y CON EL MAZO DANDO
Pero algo se ha ido torciendo.
A Dios orando y con el mazo dando.
La frase popular retrata con una precisión incómoda lo que
estamos viviendo: devoción en el discurso, descontrol en la práctica.
Procesiones solemnes por la mañana, música estridente por la tarde y, demasiado
a menudo, riñas por la noche. La espiritualidad como marco; el exceso como
protagonista.
No se trata de moralismos trasnochados ni de nostalgia
selectiva. Las fiestas siempre han tenido alegría, baile y celebración. El
problema no es la música ni la convivencia; el problema es cuando el alcohol
deja de ser acompañante y se convierte en combustible. Cuando el fervor
religioso termina ahogado en cerveza y el respeto se evapora al ritmo de la
tambora.
Lo ocurrido en el reciente carnaval de Juchitepec debería
encender todas las alarmas. Según la información difundida en distintos
portales y redes sociales, familiares del alcalde morenista Juan Calvo habrían
agredido a los hijos del periodista Joel Sánchez Amaro. El señalamiento es grave no
solo por la agresión en sí, sino por el contexto: cuando los nombres cercanos
al poder aparecen vinculados a hechos violentos, la percepción de impunidad se
vuelve casi automática.
No estamos hablando de un pleito aislado entre asistentes
anónimos. Estamos hablando de un episodio que, de confirmarse, involucra a
personas relacionadas con la autoridad municipal. Y en ese terreno, la línea
entre conflicto y abuso se vuelve delicada. La confianza pública se erosiona
con rapidez cuando el poder parece tener trato preferencial.
Desde esta tribuna, la solidaridad con Joel y su familia. Y
que no se diluya en el ruido festivo la frase que lanzó al hacer pública la
denuncia: “TENEMOS MIEDO, PERO DEBEMOS HACERLO A UN LADO.”
Esa frase pesa. Pesa porque no debería formar parte del
vocabulario cotidiano de quien ejerce el periodismo en su propio municipio.
Pesa porque evidencia que denunciar puede implicar riesgos. Pesa porque revela
que, detrás de la música y los disfraces, hay tensiones que no se quieren
reconocer.
No es la primera vez que una fiesta en la región termina
con golpes, empujones o amenazas. Basta revisar videos que circulan cada año:
grupos confrontándose, jóvenes fuera de control, discusiones que escalan en
segundos. Después vienen los comunicados oficiales, las versiones encontradas,
las promesas de investigación. Y, con el paso de los días, el silencio. Hasta
el siguiente carnaval.
Aquí hay una corresponsabilidad ineludible. Las autoridades
municipales suelen caminar sobre una cuerda floja: quieren promover la
tradición, atraer visitantes, fortalecer la economía local. Y eso es legítimo.
Pero la promoción sin control es una fórmula peligrosa. Cuando la regulación de
la venta de alcohol es laxa, cuando la vigilancia es insuficiente o reactiva,
cuando los protocolos de seguridad no se aplican con firmeza, el mensaje es
claro: la fiesta está por encima del orden.
Pero sería injusto cargar todo el peso en el gobierno. La
ciudadanía también juega su papel. Nos indigna la violencia, pero celebramos el
exceso. Nos quejamos de la inseguridad, pero justificamos la venta irregular
porque “hay que aprovechar”. Criticamos la falta de autoridad, pero protestamos
cuando se intenta poner límites. Hemos construido una cultura donde la norma se
negocia y la responsabilidad se diluye entre todos.
Y, sin embargo, el contraste existe. En Amecameca, miles de
personas continúan llegando cada año para subir al Cerro del Sacromonte. Lo
hacen movidos por la fe, por la tradición, por la necesidad íntima de agradecer
o pedir. Ahí, en la subida pausada y en la vista amplia desde lo alto, la
espiritualidad se vive sin estridencias. No hay necesidad de desbordes para
sentir comunidad. No hay que empujar a nadie para demostrar devoción.
Esa imagen debería servirnos como espejo. Porque demuestra
que es posible convocar multitudes sin convertir el espacio público en campo de
batalla. Que es posible tener tradición sin tolerar violencia. Que la fe,
cuando es genuina, no necesita coartadas.
La pregunta de fondo es incómoda: ¿qué tipo de fiestas
queremos? ¿Las que dejan derrama económica pero también denuncias? ¿Las que
llenan plazas pero vacían confianza? ¿Las que se recuerdan por el colorido o
por los conflictos?
El poder político no puede permitirse ambigüedades.
Gobernar implica tomar decisiones impopulares si son necesarias para proteger
la convivencia. Implica aplicar la ley incluso cuando toca a cercanos. Implica
entender que la autoridad moral se construye con coherencia, no con discursos
festivos.
Y la ciudadanía debe asumir que tradición no es sinónimo de
permisividad. Que celebrar no equivale a perder el control. Que la libertad se
ejerce mejor cuando reconoce límites.
Quizá el verdadero problema no sea el carnaval, sino la
normalización del desorden. Esa peligrosa resignación colectiva que nos hace
decir “siempre pasa algo” como si fuera inevitable. No, no es inevitable. Es
consecuencia. Consecuencia de decisiones tibias, de controles insuficientes, de
indulgencias repetidas.
La región de los volcanes merece algo más que esa
contradicción permanente entre fe y violencia. Merece celebraciones que
fortalezcan el tejido social, no que lo tensen. Merece autoridades firmes y
ciudadanos conscientes. Merece que la frase “tenemos miedo” no tenga cabida en
medio de una tradición que debería unir.
Porque al final, las fiestas pasan. Las luces se apagan, la
música cesa, las calles se vacían. Lo que queda es la memoria colectiva. Y esa
memoria puede ser orgullo… o advertencia.
Si seguimos orando con una mano mientras con la otra
sostenemos el mazo del descontrol, no podremos sorprendernos cuando el golpe
nos alcance a todos. Pero si somos capaces de recuperar el equilibrio
—autoridades aplicando la ley sin titubeos, ciudadanos respetando normas sin
buscar atajos— todavía estamos a tiempo.
Porque la verdadera grandeza de un pueblo no se mide por el
volumen de su fiesta, sino por la paz con la que sabe celebrarla.

Tienes razón, la moral, la ética y el civismo en la sociedad esta más relajado que nunca, pero lo que como humanos propiciamos, con humanidad, autoridad y disciplina hemos de rescatar, volvamos los ojos a las familias a lo que esta sucediendo en los hogares y sobre todo a lo que no está sucediendo.
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