#OPINIÓN: LO POCO QUE QUEDA DE MÍ

 Por: Jorge Cárdenas Reyes



Estos somos nosotros.

Mirando de frente —aunque con desconfianza— un futuro que, para ser honestos, no parece muy prometedor.

Estos somos. Habitantes de un planeta hermoso y frágil, viendo en las noticias cómo se levanta otro huracán más, pero no de viento ni de lluvia, sino de fuego, metal y odio. Un huracán llamado guerra. Una guerra absurda donde, como casi siempre, quienes pagan el pato no son los que deciden, sino miles de inocentes que apenas estaban intentando vivir su vida cuando los bombardeos comenzaron a caerles encima.

Y todo esto sucede en Medio Oriente, en esa tierra que durante siglos ha sido llamada sagrada. El mismo territorio privilegiado por donde, dicen, caminó Jesús el Nazareno.

A veces me pregunto si al mismo Jesús le divertiría ver cómo nos matamos por el honor de haber pisado el mismo suelo que él pisó. Porque si algo queda claro es que, en nombre de lo sagrado, el ser humano ha cometido algunas de sus mayores barbaridades.

Pero hoy ni siquiera estamos peleando por lo sagrado.

Hoy peleamos por petróleo, por poder, por control geopolítico, por quién manda más en el tablero del mundo. Y mientras tanto, aquella justificación espiritual que alguna vez fue bandera quedó arrumbada en un rincón del discurso político, como un adorno viejo que ya no sirve pero que nadie se atreve a tirar.

A veces pienso si de verdad somos un juego.

Si acaso somos piezas sobre un tablero enorme en manos de algún creador que se entretiene con nosotros como si estuviera jugando Jumanji. Tirando los dados de vez en cuando para ver qué sale ahora:
—una guerra aquí,
—una pandemia allá,
—una crisis económica en este lado,
—un incendio forestal en aquel otro.

Y así, tiro tras tiro, ver qué tan bien resistimos.

Porque lo cierto es que el mundo parece empeñado en ponerse cada vez más difícil.

Aún no termino de recorrer todos los lugares que quiero conocer tomado de la mano de mi amor, y varios de ellos ya aparecen en las noticias envueltos en humo, consumidos por incendios forestales o devastados por desastres naturales. Algunos inevitables, otros provocados por esa extraña habilidad humana de destruir justo aquello que dice amar.

Cuando eres niño, los miedos son otros.

La imaginación alcanza para temerle a los monstruos que viven debajo de la cama o en la oscuridad del pasillo. Tu mente todavía inocente te inventa peligros en rincones siniestros de la casa. Pero todo desaparece en el momento en que tu madre te llama a cenar. La voz de mamá tiene esa magia: espanta a cualquier monstruo.

Ojalá el mundo adulto funcionara igual.

Hoy los monstruos no viven debajo de la cama.
Viven en decisiones políticas.
En intereses económicos.
En discursos que justifican lo injustificable.

Los monstruos aparecen cada noche en los noticieros: imágenes de ciudades destruidas, de niños cubiertos de polvo, de familias que lo perdieron todo en cuestión de minutos. Economías enteras frenadas a punta de misiles. Pueblos enteros convertidos en daño colateral.

Da la impresión de que al planeta se le olvidó cómo vivir sin guerra.

Y uno se queda ahí, viendo la televisión, con esa sensación rara en el pecho, preguntándose si debería coserse la boca o morderse los labios para no terminar implorando por miedo. Rezando —aunque uno no sea particularmente devoto— para que alguien, allá arriba o donde sea, decida frenar de una vez por todas las batallas del mundo.

Y también las batallas internas.

Porque cada quien carga las suyas.

Lo confieso: soy un cupido cursi empedernido. De esos que todavía creen que el amor puede salvarnos un poquito del desastre cotidiano. Pero incluso el amor tiene sus advertencias.

No te enamores de noche.

De noche salen a pasear los peores temores.
De noche se sienten más fuertes las noticias que escuchaste durante el día.
De noche el silencio amplifica todo.

Las guerras.
Los incendios.
La estupidez humana.

Porque hay algo que debemos aceptar con cierta crudeza: a veces no basta con plegarias. Ni con un ángel de la guarda. Ni con la buena suerte.

Hay males contra los que todavía no inventamos vacuna.

Y entre todos ellos, el más peligroso sigue siendo el mismo de siempre: la mezcla perfecta entre estupidez, ambición y maldad humana.

Quizá por eso este mundo se siente tan frágil últimamente.

Como si camináramos sobre hielo delgado sin saber exactamente cuándo va a quebrarse.

Pero aquí seguimos.

Amando a pesar de todo.
Soñando viajes que tal vez algún día haremos.
Creyendo que, en algún momento, la humanidad aprenderá algo de sus propios errores.

Aunque sea tarde.
Aunque sea poco.

Porque si algo nos queda claro a estas alturas es que el planeta no se va a acabar por falta de milagros…

sino por exceso de humanos que olvidaron cómo serlo.

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