Por: Jorge Cárdenas Reyes

Llega la primavera y uno, como burro que siente el cambio de estación, se alborota por dentro. No es romanticismo barato: es algo más hondo, más antiguo. Es la tierra llamando. Es el aire tibio que anuncia que el ciclo vuelve a empezar, aunque todavía no haya nada verde que presumir. Porque no nos engañemos: los maizales aún no brotan. Apenas estamos en la antesala, en ese momento donde todo es promesa, donde la tierra está lista pero todavía guarda silencio.
Es tiempo de preparar el suelo, de afilar el azadón, de voltear la tierra con paciencia. Tiempo de mirar al cielo, de calcular las lluvias, de encomendarse —cada quien a lo que crea— para que el temporal no falle. Aquí no hay certezas, solo fe y trabajo. El maíz todavía no asoma, pero ya se siente en la mente y en las manos de quienes saben que de ahí depende todo.
Porque en estos rumbos, aunque a muchos les guste hacerse los modernos, seguimos viviendo de lo esencial. De lo que crece. De lo que se siembra. De lo que se cuida. El maíz no es discurso, es sobrevivencia. Es identidad. Es la línea delgada entre comer o no comer.
Y sin embargo, mientras la tierra se prepara para dar vida, algo muy distinto está creciendo entre nosotros.
El miedo.
Antes la primavera también traía otra cosa: confianza. Se abrían los caminos, se alargaban los días y uno podía andar sin pensar demasiado en el peligro. Se caminaba a cualquier hora. Se visitaba sin avisar. La noche no era territorio hostil, era simplemente noche. Había problemas, claro, pero no esta sensación constante de estar en riesgo, de tener que medir cada paso, cada salida, cada mirada.
Hoy la historia es otra. Hoy el miedo no distingue horarios. No importa si el sol está en lo alto o si ya cayó la oscuridad: la inquietud es la misma. Se ha vuelto costumbre cerrar temprano, desconfiar, evitar. Lo que antes era rutina ahora se siente como riesgo.
Y en medio de todo esto, hay hechos que ya no deberían dejarnos dormir tranquilos, pero que, peligrosamente, empiezan a normalizarse.
Ahí está el caso de los comerciantes veracruzanos que llegaron a Cuijingo, como lo han hecho tantos otros durante años, a vender hoja de tamal. Gente trabajadora, gente que venía a lo mismo que venimos todos: a buscarse la vida. Y aún así, fueron cobardemente asesinados. Sin razón que lo justifique, sin lógica que lo explique, sin humanidad que lo contenga.
Ese hecho no es cualquier cosa. No es una nota más. Es una herida abierta.
Porque cuando matan a quienes vienen a trabajar, el mensaje es brutal: aquí ya no hay garantías, aquí la vida vale poco, aquí cualquiera puede ser víctima. Y entonces no solo perdemos a esas personas; perdemos algo más profundo: la confianza en el otro, la tranquilidad de recibir, la costumbre de convivir.
Se rompe el tejido que, aunque sencillo, nos mantenía unidos.
Y uno no puede evitar mirar hacia atrás. No con nostalgia idealizada, sino con memoria clara. Antes se podía caminar a cualquier hora del día —y de la noche— sin ese nudo en el estómago. Los caminos eran caminos, no amenazas. La gente era gente, no sospecha. Hoy, en cambio, vivimos midiendo distancias, evaluando riesgos, preguntándonos si vale la pena salir.
¿Cómo llegamos aquí?
Esa es la pregunta incómoda. La que nadie quiere responder del todo. Porque implica aceptar que algo se dejó de hacer, que algo se permitió, que poco a poco se fue cediendo terreno. Y mientras tanto, la violencia creció como mala hierba: sin pedir permiso y sin que nadie la arrancara a tiempo.
La primavera, con todo y su fuerza, no puede tapar eso.
Sí, pronto vendrán las lluvias. Sí, en unas semanas comenzaremos a ver cómo los primeros brotes rompen la tierra. Los maizales, tercos como siempre, emergerán al pie de las montañas, recordándonos que la vida insiste. Que, a pesar de todo, seguimos aquí.
Pero sería ingenuo —y hasta irresponsable— quedarnos solo con esa imagen bonita.
Porque de nada sirve
que la tierra dé si nosotros nos estamos quedando sin paz.
De nada sirve que el
campo produzca si el miedo nos encierra.
De nada sirve que la vida brote… si no podemos vivirla.
La primavera debería ser sinónimo de renovación. De volver a empezar. De recuperar lo que se ha perdido. Pero eso no va a pasar solo porque cambie la estación. No es automático. No es magia.
Así como la tierra necesita trabajo para dar fruto, la tranquilidad también necesita voluntad, acción y memoria.
Memoria para no
olvidar a quienes ya no están.
Voluntad para no
aceptar la violencia como algo normal.
Y acción —de todos— para no seguir dejando que el miedo crezca más rápido que el maíz.
Porque si seguimos
así, llegará el día en que los campos estén listos, verdes, llenos de vida…
y nosotros, encerrados, contando historias de cómo antes sí se podía vivir sin miedo.
Y entonces, ni toda la
primavera alcanzará para componernos.
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