Por: Jorge Cárdenas Reyes
Hay temporadas del año que, sin hacer ruido, nos ponen frente al espejo. La Semana Santa solía ser una de ellas. Digo “solía” porque hoy, entre reservaciones de último minuto, carreteras llenas y playlists listas para el viaje, ese espejo parece haberse empañado. Ya no nos refleja tanto hacia adentro, sino hacia afuera: al plan, a la escapada, a la distracción.
No es un secreto. Para muchos, estos días representan una pausa laboral que se traduce en playa, fiesta o simplemente desconexión. Y está bien descansar, claro que sí. El problema no es el descanso, sino el olvido. Porque en medio de ese entusiasmo por “aprovechar el puente”, el verdadero sentido de la fecha queda relegado a un rincón incómodo, como si estorbara. Como si incomodara recordar.
Y entonces surge esa ironía que cala, que arranca una sonrisa pero también una mueca: “Jesús ha de pensar, peda cuando nazco y peda cuando muero.” Cruda, sí. Pero tristemente cercana a la realidad de muchos.
Antes, la historia era distinta. No necesariamente mejor en todo, pero sí más consciente en ciertos aspectos. Había un respeto casi silencioso por los días santos. No se trataba solo de religión, sino de una especie de acuerdo colectivo: bajar el ritmo, hacer una pausa, guardar cierta solemnidad.
En muchas casas no se prendía la televisión. La radio permanecía apagada. Incluso la cocina se limitaba a lo esencial. No era imposición necesariamente; era costumbre, tradición, una forma de decir: “estos días son distintos”. Las calles se sentían diferentes, más calladas, más lentas, como si el tiempo caminara descalzo.
Hoy, en contraste, el ruido es constante. Pantallas encendidas, notificaciones, música, tráfico, risas, brindis. Todo eso que, en sí mismo, no es malo, pero que termina por ahogar cualquier intento de introspección. La fe, cuando aparece, lo hace de forma breve, casi protocolaria, como una parada rápida antes de seguir con el itinerario.
Y es que también hemos cambiado la forma de entender la fe. La hemos vuelto cómoda, adaptable, a modo. Una fe que no incomode, que no cuestione, que no obligue a detenernos demasiado. Una fe de ratos, de momentos, de cuando se puede… o de cuando se acuerda uno.
Recuerdo historias que hoy parecen lejanas, casi ajenas. En Oaxaca, por ejemplo, se hablaba de la tradición del Sábado de Gloria, donde a los niños se les daba una “cueriza” como símbolo de corrección, de renovación, de un nuevo comienzo espiritual. Visto desde hoy, suena excesivo, incluso inaceptable. Y lo es. No se trata de defenderlo ni de sugerir que esas prácticas deban volver.
Pero más allá del método, lo que había detrás era intención. Era una manera —quizá ruda, quizá equivocada— de marcar el momento, de decir: aquí hay un punto de quiebre, aquí empieza algo nuevo. Hoy, en cambio, muchas veces ni siquiera hay marca. Todo pasa de largo.
En casa, la vivencia era distinta, más moderada, pero igual de significativa. Mi padre tenía reglas claras: la televisión permanecía apagada hasta el Domingo de Resurrección. Y cuando por fin se encendía, no era para cualquier cosa. Era casi un ritual familiar sentarnos a ver Ben-Hur, Los Diez Mandamientos, El Mártir del Calvario o Marcelino Pan y Vino.
No eran solo películas. Eran ventanas a historias que, aunque no entendiéramos del todo siendo niños, dejaban huella. Había algo en esos relatos —en el sacrificio, en la redención, en la esperanza— que se quedaba rondando. Algo que, con los años, uno empieza a comprender mejor.
Hoy, esas tradiciones parecen haberse diluido. Las nuevas generaciones crecen con otras referencias, otros ritmos, otras prioridades. Y eso también es parte natural del cambio. No todo tiempo pasado fue mejor, ni todo lo nuevo es necesariamente superficial.
Pero sí vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos perdiendo en el camino?
Porque la Semana Santa no es solo un periodo de descanso. Es, para quienes así lo creen, un tiempo profundamente simbólico. Habla de sacrificio, de dolor, de pérdida… pero también de esperanza, de renovación, de volver a empezar. Y esos temas, más allá de la religión, son universales.
Todos, en algún momento, necesitamos detenernos. Revisarnos. Reconocer en qué hemos fallado, qué podemos cambiar, qué necesitamos soltar. Y si no aprovechamos espacios como este para hacerlo, difícilmente lo haremos en medio del ruido cotidiano.
No se trata de cancelar planes, ni de prohibir viajes, ni de satanizar la diversión. La vida también está hecha de eso, de momentos ligeros, de risas, de descanso. Pero quizá sí se trata de equilibrar. De encontrar, aunque sea un pequeño espacio dentro del caos, para recordar.
Recordar que hay algo más allá de la rutina. Que hay preguntas que no se responden con prisa. Que hay silencios que también dicen mucho.
Tal vez no volvamos a apagar la televisión toda la semana. Tal vez no dejemos el radio en silencio ni adoptemos tradiciones que hoy no tienen cabida. Pero sí podemos rescatar lo esencial: la pausa consciente.
Mirarnos un poco más hacia adentro.
Y entender que la fe —sea cual sea su forma— no debería ser solo un adorno de calendario, sino un ejercicio constante de conexión, de sentido.
Porque al final del día, estos días no están ahí solo para llenar hoteles o carreteras. Están ahí para recordarnos algo. Algo que, entre tanto ruido, hemos ido olvidando.
Ojalá que esta Semana Santa, entre brindis y viajes, entre risas y fotografías, también haya un momento —aunque sea breve— para la reflexión.
Que sean días de descanso, sí. Pero también de conciencia.
Les deseamos unas vacaciones santas, blancas y, sobre todo, seguras. Disfruten, compartan, celebren… pero háganlo con responsabilidad.
Cuídense mucho.
Y por favor, no combinen alcohol con volante.
Porque hay ausencias que no se reponen… y
silencios que no deberían llegar nunca.

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