#OPINIÓN: Normalicemos no normalizar

Por: Jorge Cárdenas Reyes


Hay noticias que sacuden, pero hay otras que incomodan porque nos obligan a mirarnos al espejo. Lo ocurrido en Michoacán —un joven que asesinó a sus profesoras— pertenece a ambas categorías. Indigna, duele, desconcierta… pero sobre todo revela algo que llevamos años evitando discutir con seriedad: nuestra peligrosa capacidad de normalizar la violencia… siempre y cuando no nos quede cerca.

Porque seamos honestos: cuando tragedias así ocurrían en Estados Unidos o en algún país europeo, el discurso dominante aquí era otro. “Es que allá están mal”, “es su cultura”, “eso aquí no pasa”. Convertíamos el horror en una especie de espectáculo lejano, casi ajeno, como si la geografía fuera un escudo moral. Consumíamos esas noticias como quien ve una serie más: con sorpresa momentánea, con comentarios rápidos, y luego con olvido inmediato. Pero ahora que sucede en nuestro país, ahora sí nos alarmamos, ahora sí exigimos respuestas inmediatas, ahora sí nos sentimos vulnerables.

¿En qué momento decidimos que la violencia solo es grave cuando nos toca?

Esa doble moral social no solo es hipócrita, es peligrosa. Porque normalizar lo que ocurre fuera, trivializarlo, convertirlo en tendencia pasajera o en dato curioso, también nos hace responsables de no haber visto venir lo que hoy nos estremece. Nos acostumbramos a ver titulares violentos como parte del paisaje digital: desplazamos el horror con el dedo, hacemos scroll, reaccionamos con un emoji… y seguimos. La violencia se vuelve contenido, y el contenido se vuelve rutina.

Pero la violencia no nace de un día para otro. Se cultiva en silencios prolongados, en familias que no encuentran apoyo, en escuelas que no tienen herramientas suficientes, en instituciones rebasadas, en redes sociales que amplifican discursos de odio, en comunidades que pierden el sentido de pertenencia. Se alimenta también de la falta de conversación seria sobre salud mental, de la estigmatización de quienes piden ayuda y de la romantización de la soledad y el enojo.

Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda, pero necesaria: el agresor no es solo “un chico”. Es alguien que tomó decisiones, que actuó con violencia extrema y que debe enfrentar consecuencias proporcionales a sus actos. El gobierno no puede escudarse en la edad cuando el crimen fue ejecutado con la brutalidad y conciencia de un adulto. Si asesinó como adulto, debe ser juzgado como adulto. Cualquier otra cosa manda un mensaje peligrosísimo: que hay formas de evadir la responsabilidad si se es lo suficientemente joven.

No se trata de perder la empatía, sino de no confundirla con permisividad. Entender el contexto no significa justificar el crimen. Analizar las causas no implica suavizar las consecuencias. Una sociedad madura es aquella que puede hacer ambas cosas al mismo tiempo: prevenir y sancionar.

Además, es momento de exigir algo más profundo que discursos reactivos. ¿Dónde están las políticas públicas integrales de salud mental? ¿Dónde están los programas permanentes de acompañamiento psicológico en escuelas? ¿Dónde está la regulación seria de los contenidos que consumen millones de jóvenes diariamente? ¿Dónde está la inversión en prevención, en lugar de la eterna reacción?

Porque mientras no atendamos el origen, seguiremos contando tragedias.

Esta semana, curiosamente, tuve la oportunidad de dialogar con estudiantes de preparatoria de la UAEM, quienes me invitaron a reflexionar sobre redes sociales, tecnología y salud mental. Fue un espacio necesario, urgente y profundamente revelador. Los jóvenes no son indiferentes; al contrario, están ávidos de entender lo que pasa, de encontrar herramientas para no ser arrastrados por entornos digitales que muchas veces amplifican la violencia, la ansiedad y el aislamiento.

Ahí escuché preocupaciones reales: la presión por encajar, el miedo a quedarse fuera, la sobreexposición, la dificultad para desconectarse, la normalización de discursos agresivos disfrazados de humor. Pero también encontré esperanza: jóvenes críticos, conscientes, con ganas de construir algo distinto.

En ese encuentro, el periodista Martín Eduardo Sánchez Martínez aportó una mirada valiosa: la de quien observa la realidad desde el rigor informativo, pero también desde la cercanía generacional. Su participación ayudó a construir un diálogo honesto, sin filtros, donde los jóvenes pudieron verse reflejados sin sentirse juzgados, entendiendo que la información también puede ser una herramienta de transformación y no solo de consumo.

Asimismo, fue fundamental la intervención del licenciado Roberto Loyo Castro, quien desde su experiencia como policía de proximidad logró transmitir un mensaje claro y contundente: la seguridad no solo se construye con patrullas, sino con comunidad, prevención y comunicación directa con las juventudes. Su enfoque permitió romper esa barrera que muchas veces existe entre autoridad y ciudadanía, acercando la idea de que la seguridad también se construye desde la confianza.

Y es que ahí está la clave: no podemos esperar a que la violencia estalle para entonces reaccionar. Necesitamos hablar antes, escuchar más, intervenir a tiempo. Necesitamos dejar de romantizar el aislamiento, dejar de minimizar las señales de alerta, dejar de asumir que “no pasa nada”. Necesitamos entender que cada comentario, cada burla, cada acto de exclusión suma en la construcción de entornos que pueden volverse hostiles.

También necesitamos recuperar algo que parece olvidado: la responsabilidad colectiva. No todo recae en el gobierno, pero tampoco todo puede recaer en las familias o en las escuelas. Este es un problema sistémico que requiere soluciones compartidas. Medios de comunicación responsables, plataformas digitales comprometidas, autoridades presentes, comunidades activas y familias involucradas.

Porque sí pasa. Y cuando pasa, ya es demasiado tarde.

Normalizar la violencia —aunque sea en otro país, en otra ciudad, en otra realidad— es el primer paso para permitir que eventualmente nos alcance. Hoy no se trata de tener miedo porque “ya pasó aquí”, sino de asumir que nunca debimos sentirnos tranquilos cuando pasaba allá.

La violencia no tiene nacionalidad, pero la indiferencia sí tiene responsables. Y quizá ha llegado el momento de dejar de señalar solo hacia afuera y comenzar a asumir lo que nos toca desde adentro.

Porque al final, no es solo una historia más. No es solo un caso aislado. Es una advertencia.

No nos asuste que la violencia llegue; que nos incomode reconocer cuántas veces la vimos venir… y decidimos llamarla normal.

Sirva la columna como un homenaje postumo al gran periodista Sergio Guarneros San Miguel quien marco a muchas generaciones y a miles de personas entre las cuales me incluyo con su iconica frase de entrada a su contenido;  “MI AMIGO EL CHAMAN ME DIJO “.

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