#OPINIÓN: 12 UVAS, 12 DESEOS...

12 UVAS, 12 DESEOS
Por: Jorge Cárdenas Reyes.


Esta es la última columna del año, y como todo cierre verdadero, obliga a detenerse. A mirar atrás sin prisa, a reconocer lo que dolió, lo que enseñó y lo que, aun sin notarlo, nos sostuvo de pie. No es una entrega más: es el punto y aparte antes de volver a empezar.

Cada fin de año repetimos el ritual casi de memoria. El reloj marca la medianoche, levantamos la copa y, con cada campanada, una uva se convierte en deseo. Doce segundos, doce propósitos, doce promesas que a veces se quedan en la mesa junto a las semillas y las copas vacías.

Por eso conviene recordarlo: hay que tener cuidado con lo que deseamos, porque los deseos sí se cumplen, aunque no siempre como los imaginamos. Algunos llegan como bendición; otros, como prueba.
Las 12 uvas no son solo una tradición; son un símbolo de nuestra necesidad de volver a empezar.

En cada una cabe un anhelo distinto: salud, trabajo, estabilidad, amor, paz, justicia. Pero también debería caber algo que pocas veces pedimos: perdón. Perdonar y pedir disculpas a quienes, a lo largo del año, agraviamos con palabras, silencios o decisiones mal tomadas. Cerrar ciclos también es un acto de valentía.

Deseamos un mundo mejor, pero olvidamos que ese mundo empieza en lo cotidiano. Pedimos paz, pero gritamos. Queremos estabilidad, pero vivimos con prisa. Anhelamos amor, pero no siempre sabemos darlo. Cada uva debería ser también un compromiso, porque el año nuevo no cambia por sí solo: cambia cuando decidimos vivirlo distinto.

Hoy ya no existen aquellos caricaturistas de antaño que dibujaban al Año Viejo como un anciano cansado, cediendo la banda a un Año Nuevo joven, sonriente y sin experiencia. Tal vez dejaron de dibujarlo porque ese relevo somos nosotros mismos. Iniciamos la vida con una infancia tranquila, casi en paz, y con el tiempo vamos entendiendo la realidad a trancazos, aprendiendo a fuerza de errores, pérdidas y caídas.

En este cierre también hay nombres y rostros que merecen ser mencionados. A mis hijos, Carmen y el Manu, motor diario, razón y destino. A mi padre, guía y raíz. A mis hermanas, refugio y complicidad. A mis compañeros de trabajo, que primero se volvieron amigos y después familia, porque el camino compartido une más que cualquier título. A quienes se fueron y dejaron huella, y a quienes llegaron para enseñarnos nuevas formas de caminar.

A los hoyuelos de esa sonrisa que motiva, que aparece justo cuando más se necesita. A los lectores que comentan, comparten y reaccionan, en esta época de periodismo digital donde cada interacción cuenta y cada lectura sostiene. Gracias por estar, por opinar y por no ser indiferentes.

Gracias a mi director de 24/7 Noticias, por el espacio cedido para escribir estas “locuras” que nacen de la reflexión y del sentir. A quienes nos sintonizan los viernes y sábados en Radio Expresión 100.5 FM, por acompañarnos, escucharnos y hacer comunidad más allá del papel y la pantalla.

Y, sobre todo, gracias a Dios, por la maravillosa oportunidad de hacer lo que me gusta, lo que amo y lo que da sentido a mis días. Nada sería posible sin esa fe que sostiene cuando todo parece tambalearse.

Esta columna también hace una pausa. Nos vamos a unas merecidas vacaciones, pero regresaremos con toda la energía el primer domingo de enero de 2026, con nuevas historias, reflexiones y preguntas necesarias. Gracias a los casi 3 mil lectores que se mantienen ávidos de esta columna; sin ustedes, estas líneas no tendrían razón de ser.

Que estas 12 uvas no se queden solo en deseos. Que se conviertan en compromisos. Y que, al mirar atrás, podamos decir que el año no fue perfecto, pero sí honesto, aprendido y vivido.

Porque el futuro no se adivina ni se ruega: se construye, uva por uva, día a día.

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente