#OPINIÓN: CRÓNICA DE UNA VOZ CANSADA

 #OPINIÓN: CRÓNICA DE UNA VOZ CANSADA (... o de cómo aprendí a vivir conmigo)

Por: Jorge Cárdenas Reyes.



Durante algún tiempo de esta vida, en la que hemos hecho de todo, me tocó ser esa voz al aire. Esa que, tras el micrófono, dedicaba canciones, mandaba a corte comercial o simplemente daba la hora y el pronóstico del clima. Esa voz que leía los horóscopos siempre con mensajes positivos, aunque por dentro me estuviera cargando la tristeza. Como hoy.

 Hoy, cuando parece que no pasa una semana sin que nos topemos con malas noticias que involucran a mujeres, a niñas, a historias truncas. A mitad de esta semana le tocó el turno a una pequeña de apenas 14 años que decidió marcharse por voluntad propia. No quiero ni imaginar el dolor de su familia. Como película instantánea, se me pasaron por la mente las etapas del embarazo de mis hijos, sus balbuceos, sus primeros pasos, ese instante en que por primera vez te llaman papá o mamá. Velar sus sueños, reír con sus ocurrencias… y de pronto, zas. Ya no están. Otro moño blanco. Otra familia rota.

 Al escribir sobre ella recordé mi propia infancia. No fue en blanco y negro, pero tampoco tenía los colores secos de ahora. Fue una infancia con olor a lluvia, con luciérnagas al alcance de la mano, con elotes tiernos y habas dulces a cualquier hora del día. Recuerdo una escena: la avalancha que mi padre construyó con sus propias manos en los talleres del periódico Novedades, donde trabajó más de 32 años. Con baleros enormes por ruedas y una pieza de rotativa por volante, esa avalancha era nuestra nave. No tenía frenos —el madrazo era seguro—, pero era felicidad pura. Aventura total.

Crecí entre calles empedradas de un Amecameca con apenas tres calles asfaltadas. Deseaba que se quedaran así para siempre, para seguir jugando con mis hermanos. Fui un niño con suerte: de campo, de ríos limpios, de perros felices y de tardes sin prisa. Bastaba una pelota, una cuerda o una caja de cartón para conquistar el universo. Dormir cansado de jugar era uno de los placeres más perfectos de la vida. Dormir sin preocupaciones, sin deudas, sin amores rotos. Bendita infancia.

 Ahora duermo sin descansar. Me despierto antes del alba, con los sentidos agotados y el alma en pausa. Sin café soy un zombi; con café, igual, pero más formal. Mis sueños son como premoniciones, como si anticiparan un duelo largo. A veces pienso que los desamores me dejaron un nido de zopilotes donde deberían revolotear mariposas. Y entendí que eso que uno siente en el estómago no son mariposas: son lombrices. Así que mejor desparasítense cuando se enamoren.

 Por las noches, en la soledad de mi habitación —tan vacía como el barril del Chavo del 8— pienso en aquella mujer con alas en la mirada. La que me dio todo sin pedir nada, la que caminó conmigo en la clandestinidad del amor. Juro que jamás imaginé que ser adulto fuera tan difícil.

 Recuerdo a mi padre haciéndonos cosquillas, jalándonos los dedos de los pies “para crecer mejor”, a mi madre estirando la economía con una torta de mantequilla y té. Si había suerte, gelatina. Siete hijos criados con talento y pulmones. Cuando pienso que no puedo más, invoco su recuerdo, su fuerza, su risa.

 Ahora me siento en una banca del parque a alimentar palomas, deseando que elijan descargar su suerte sobre quien más lo merece. No me digan raro: todos tenemos pequeñas venganzas poéticas. He aprendido a convivir conmigo, a soportar mis ronquidos, a fumarme la infancia en un cigarro de ansiedad. Me veo reflejado en los espejos manchados del baño y pienso que tal vez me lo merezco: por no saber decir “no”, por aceptar la vida como venga, por dejar que otros decidan cuándo debo callar o hablar.

 En mis noches más densas me descubro psicoanalizado por un barman viejo que finge interés. Me veo buscando razones para levantarme, tratando de no convertirme en la carta sin remitente de alguien que perdió la esperanza.

 Ya no existen aquellas calles empedradas ni los amigos de siempre; muchos se fueron, otros se perdieron en la pandemia. Los niños ya no juegan, sólo deslizan pantallas. El barrio ahora tiene más asfalto que risas. Lo único que no cambia son los cielos nublados y los sueños que anuncian tormenta.

 Me recuerdo feliz en otros tiempos. Sin dramas, sin adioses absurdos, sin tener que explicar el amor. Me recuerdo contigo, sonriendo en esa foto que aún nos debemos.

 Y si pudiera elegir, querría que mi vida futura fuera como una película antigua: sin diálogos, pero con muchos besos.

 Me imagino en un bar, con un mesero melancólico que pone mi canción favorita mientras repito mi epitafio:

 “Y no ha quedado nada de aquellos días, nada… más que botellas vacías, colillas apagadas, risas marchitas en fotos viejas, boletos rotos y el aserrín con el que, al amanecer, barrieron las pulcatas que aún quedan en mi pueblo.”

 Y entonces sonrío. Porque si algo me queda claro es que, aunque ya no sea esa voz alegre al aire, sigo siendo voz. Y mientras haya voz, habrá historia. Y mientras haya historia, seguiré intentando —como aquel niño en su avalancha sin frenos— mantenerme de pie, aunque el madrazo sea seguro.



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