#OPINIÓN: LA ENVOLTURA DEL REGALO

Por: Jorge Cárdenas Reyes

La vida me arrojó de frente al enemigo más silencioso y traicionero de todos: la báscula. Sí, ese pequeño artefacto que, si lo dejamos, puede decidir cómo deberíamos sentirnos con nuestro propio cuerpo. Un día estás tranquilo en la cocina, disfrutando de tu cereal favorito; al siguiente, te ves frente a ese número que parece tener más poder que cualquier opinión ajena.

Porque no es el número lo que realmente pesa, sino todo lo que hemos metido en la cabeza sobre lo que deberíamos ser, vernos o sentir. La sociedad está llena de cánones que nos enseñan a ver nuestros cuerpos antes que nuestras historias; ideales que no siempre tienen nada que ver con salud, bienestar o incluso con lo que nos hace sentir bien. La positividad corporal —ese movimiento que invita a aceptar cuerpos de todos los tamaños y formas— nació precisamente para desafiar esas expectativas sociales y recordarnos que los cuerpos no son accesorios para la aprobación ajena.

Caminas por la calle y ves gente que no se siente cómoda con el cuerpo que la vida le dio. Se mira al espejo y empieza a buscar defectos, compararse, criticarlo todo. Y a veces ni siquiera se trata de estar “delgado” o “perfecto”, sino de esa constante tensión entre lo que tenemos y lo que creemos que deberíamos tener. La imagen corporal no es solo apariencia; es una mezcla de percepciones, emociones y actitudes que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida.

Y sin embargo… hay algo hermoso en decir: sí, me gusta el cuerpo que me tocó. No como frase bonita de Instagram, sino como una verdad que se siente hasta en la forma en que respiras al despertarte: esto soy yo. Porque aceptar tu cuerpo no quiere decir que no tengas días difíciles, ni que no queden cosas por mejorar en tu vida. Más bien significa que tu valor no depende de un número ni de la mirada ajena.

La aceptación —esa mezcla de respeto, curiosidad y tranquilidad— tiene beneficios reales. Estudios muestran que cuando una persona acepta su peso y su cuerpo, tiende a tener mayor autoestima y mejor percepción de su salud mental comparado con quienes están insatisfechos con su cuerpo.

Y aquí viene lo que aprendí en carne propia: he visto mi cuerpo desnudo miles de veces. No como concepto, sino con todos sus detalles, a cualquier hora del día, con esa luz directa que no disimula nada. Lo he visto sin filtros, sin poses, sin excusas. Y ¿sabes qué? nada terrible pasó. Ese cuerpo, con esos pliegues y líneas que a veces miramos con juicio, simplemente es. Lo conozco, lo habito, lo siento.

Y si eso es ya una especie de intimidad absoluta conmigo mismo, también he disfrutado el proceso de envolverlo con las ropas del día a día —ese ritual que para muchos es banal pero que para mí, con el tiempo, se volvió algo cotidiano y casi sagrado. Seleccionar una camiseta, acomodar una camisa, ver cómo el conjunto final cobra vida. Y llegar al espejo y pensar: no está tan mal, aquí estoy, esto me queda bien. Esa sensación es genuina, simple, sin artificios.

Me gusta el cuerpo que me tocó. No como cliché motivacional, sino porque he aprendido a convivir con él, a escuchar lo que me dice, a respetar lo que me permite hacer y a vestirlo sin culpa. El vestido —o simplemente sentirme vestido de mí mismo— no se ve tan mal. Es más: se ve bien.

Porque al final, la vida no se trata de pelear con nuestro cuerpo ni de nunca tener dudas. La vida se trata de estrechar la mano de nuestra propia piel, agradecerle por sostenernos mientras caminamos, sentimos, nos caemos y nos levantamos. Esa es la verdadera medida de lo que somos —no el número en una báscula ni la forma de una silueta, sino la historia que llevamos dentro y alrededor de nosotros.

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente