#OPINIÓN: MÁS MAGOS QUE REYES
Por: Jorge Cárdenas Reyes

Con el tiempo uno aprende que la memoria no es exacta. No
recuerda fechas ni marcas, pero sí sensaciones. Por eso, cuando pienso en mi
infancia, la veo casi en blanco y negro, como una fotografía vieja guardada en
un cajón. No porque le faltara color, sino porque así se quedan los recuerdos
que importan: despojados de lo superficial y llenos de verdad.
El 6 de enero era uno de esos días que no
necesitaban explicación. Abríamos los ojos antes que el sol, con ese nudo en el
estómago que solo existe cuando la ilusión es auténtica. No había celulares que
revisar ni notificaciones que atender. Había silencio, frío y expectativa. Y
salíamos a la calle, a jugar con lo que los Reyes Magos habían
dejado. Hoy, con los años y las cuentas claras, lo entiendo mejor: siempre
fueron más magos que reyes.
En los años 80, la felicidad no venía
empacada en tecnología. Bastaba un trompo bien equilibrado,
unas canicas guardadas como tesoro, una pelota
para armar la reta en la calle. Los más pudientes tenían bicicleta, y eso ya
era otra categoría. No importaba si era nueva o heredada; rodar era sentirse
libre.
Había juguetes que parecían de otro mundo: los que usaban pilas,
prendían luces y hacían ruidos. Eran pocos, pero los mirábamos con admiración.
Duraban lo que duraban las pilas, pero mientras funcionaban nos hacían sentir
modernos. Y estaban los inolvidables luchadores de plástico,
con los brazos extendidos, duros como el destino. Con hilos y bolsas les
armábamos paracaídas improvisados y los aventábamos desde azoteas, bardas o
escaleras. No había miedo, solo imaginación.
La calle era nuestro territorio. Aprendimos a convivir, a
compartir, a perder sin berrinche y a ganar sin soberbia. Volvíamos a casa con
las rodillas raspadas, la ropa sucia y el alma llena. Nadie hablaba de
seguridad digital ni de tiempo en pantalla. El peligro tenía nombre y rostro, y
casi siempre se resolvía con un regaño.
Luego llegaron los años 90, y con ellos
una despedida lenta de ese mundo. No fue de golpe, fue como cuando cae la tarde
y no te das cuenta hasta que ya es de noche. Aparecieron los videojuegos,
el Game Boy, ese cartucho milagroso que prometía más de dos
mil juegos. Mario Bros, Pac-Man y la
posibilidad —remota para muchos— de tener un Atari. En mi caso
nunca llegó, pero tampoco me robó la alegría. Todavía sabíamos jugar sin
enchufarnos.
En los dos mil, la tecnología ya no pidió
permiso. Celulares, computadoras, tabletas se volvieron parte
de la casa. Para muchos padres, se convirtieron en la nana perfecta. Hoy es
común que ambos trabajen, que el tiempo no alcance y que los niños queden
frente a una pantalla. Ahí se entretienen, sí, pero también quedan expuestos a
un mundo que no siempre es amable ni seguro. La infancia ahora tiene
contraseña.
Mientras tanto, la vida se fue encareciendo. Suben
los precios, el sueldo también, dicen, pero la
realidad es que la inflación nos va alcanzando, nos aprieta,
nos obliga a hacer cuentas más largas. Cada año cuesta más llegar a enero. Cada
año la magia necesita más ingenio. Y aun así, los Reyes llegan. Siempre llegan.
Por eso hoy sé que no traían corona ni oro ni mirra. Traían
sacrificio, desvelos y silencios. Eran magos del presupuesto, expertos en
convertir la preocupación en alegría. Magos capaces de hacer aparecer una
sonrisa donde antes había incertidumbre.
Yo alguna vez los esperé ya de grande. En silencio. En
penumbras. Acompañado solo por la tenue luz de un cigarrillo.
No los vi pasar. Pero entendí todo. Entendí que nunca existieron como los
imaginé… y que existieron más de lo que jamás supe.
Y ahí, sin juguetes, sin zapatos nuevos, sin cartas
escritas, solo me quedó agradecer. Agradecer por los trompos, por las canicas,
por las bicicletas soñadas y las que nunca llegaron. Por las rodillas raspadas,
por las calles llenas de risas, por las mañanas frías de enero.
Y eso… eso no se olvida jamás.

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