Por: Jorge Cárdenas Reyes
A través de las miradas con destellos
puros y sonrisas sinceras, quiero comenzar esta columna celebrando el
nacimiento de Owen Alexander.
Al ver tu rostro por primera vez —tu
cabello loco, ensortijado, indomable— y escuchar el sonido de la vida
abriéndose paso en tus pequeños ruidos guturales, entendí que el mundo, por más
golpeado que esté, siempre encuentra la manera de volver a empezar.
Vienes corriendo una carrera improvisada, sin mapa, sin
certezas, pero con algo que muchos tardamos años en comprender: el amor como
escudo. El de tus padres, el de tus abuelos, el de todos los que te esperábamos
con una ansiedad que no cabe en palabras.
Por tu curiosidad innata, por tu llanto que anuncia vida,
por tus brazos que apenas descubren el aire, por ser una nueva oportunidad para
todos nosotros…
bienvenido a este valle de lágrimas, Owen Alexander.
Con amor, a los nuevos abuelos: Lorena y Mishel Edgar.
Como casi todo el mundo, crecí rodeado de miedos e
inseguridades. Y de ahí nacieron dos cosas inevitables: una colección
interminable de manías que con los años se volvieron parte de mi identidad, y
un futuro que durante mucho tiempo parecía tan emocionante como quedarse viendo
el microondas mientras revientan las palomitas.
Y entre esas dos rutas, elegí la más honesta: la de
desnudar el alma. La de hacer fila en el confesionario —real o simbólico— y
soltar, sin filtros, todo lo que uno ha sido.
Porque si algo he aprendido, es que uno no se salva por lo
que oculta… sino por lo que se atreve a nombrar.
Desde niño fui un apasionado —casi ridículo— de las conchas
recién horneadas de los vecinos, “Los Barriles”. Hasta hoy las sigo comiendo al
revés: primero el migajón, luego la costra dulce. Como si la vida, en el fondo,
tuviera que dejar siempre algo bueno al final.
Cuando mi madre, mi Teresita, me mandaba por el pan, yo ya
iba con ventaja: una mordida estratégica al que más me gustaba y listo, quedaba
apartado. Mis hermanos protestaban, claro… pero terminaron perfeccionando la
técnica mejor que yo.
Mi madre se enojaba al principio, pero después entendió
algo que solo entienden las mujeres que sostienen mundos: que hay batallas que
no vale la pena pelear.
Siete hijos, siete caracteres, siete formas distintas de
amar y de romper cosas. Y ella, en medio, haciendo magia para que a todos nos
tocara lo mismo: amor sin medida.
No me alcanza la vida para agradecerle.
Hoy, ese recuerdo sigue vivo en la cocina de mi hermana
Ester, Katty. Su sazón es un puente directo a la infancia. Cada bocado es una
puerta que se abre sin pedir permiso.
Aunque ahora ya no puedo apartar mi pan favorito. Cuando
llego, lo mejor ya fue elegido. Es ley de vida. Como la paca en la tarde: lo
bueno ya se fue… y uno aprende, a la mala, a querer lo que queda.
A veces me pregunto si mis sobrinos hacen lo mismo. Si
también pelean por un pedazo de pan como si en eso se les fuera la vida. Porque
hay manías que no se enseñan… se heredan.
Otra de mis obsesiones es bañarme antes de salir.
Recuerdo a la jefa mandándonos al centro. No era cualquier
cosa. Había que acicalarse como si fuéramos a recibir visitas importantes. Cara
brillosa de tanta crema, cabello engomado, olor a loción barata pero digna.
Mi madre era limpia. Pero no solo de cuerpo: su cocina
también lo era. Comer ahí era una experiencia que hoy se siente casi irreal.
Y tal vez por eso, cada vez que salgo despeinado, mi mente
me traiciona.
Me lleva de regreso al 19 de septiembre de 1985, a las 7:19
de la mañana.
El mundo temblando. La ciudad cayéndose como galleta en
café. El miedo abriéndose paso entre los muros.
Y mi padre, Don Paco, antes de salir… peinándose.
Mientras todo se venía abajo, él acomodaba su copete con
una calma que no era indiferencia, era dignidad.
Ese gesto se me quedó tatuado.
Porque incluso cuando todo se derrumba, uno tiene que
decidir cómo sale al mundo.
He vivido lleno de manías.
Y también crecí con culpas que no eran mías. Con miedos
heredados. Con ideas torcidas sobre el cuerpo, el deseo, el amor.
Nos dijeron que sentir era pecado. Que tocar era condena.
Que el infierno estaba más cerca de lo que creíamos.
Y uno, sin herramientas, sin respuestas, sin nadie que
explicara… lo creyó.
Por eso fui torpe. Por eso fui lento. Por eso fui miedo.
Hasta que entendí que el cuerpo también piensa. Que las
manos también hablan. Que el amor no se memoriza… se descubre.
Hoy sé que hay manías que salvan.
Yo no soy de frases bonitas.
Y entonces sucede.
Y sin darme cuenta, todo lo que soy empieza a pertenecer a
ese instante: mis ganas de existir, mis dudas, mis excesos, mis silencios.
Y al final, cuando el ruido baja, cuando el cuerpo se queda
en silencio y la memoria empieza a acomodar los pedazos, uno entiende algo que
tarda toda la vida en aprender:
Y también —aunque a veces se nos olvide— de comienzos.
Como el tuyo, Owen.
Porque mientras tú abres los ojos por primera vez, nosotros
los volvemos a cerrar para mirar hacia adentro.
Y ahí, en ese lugar donde viven los recuerdos, donde
todavía huele a pan recién hecho y a loción barata, donde el miedo y el amor se
confunden…
ahí seguimos.
Porque al final, aunque nos resistamos, aunque nos duela,
aunque no sepamos cómo…
todos, absolutamente todos,
sino atrevernos a vivirlos.
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