#OPINIÓN: La puerta se cerró detrás de tí

Por: Jorge Cárdenas Reyes


Dicen que la música tiene la capacidad de decir lo que el corazón no alcanza a explicar. Tal vez por eso, cuando llega la hora de despedir a alguien, las palabras se quedan cortas y entonces aparecen las canciones. No sabemos quién las elige, ni en qué momento se convierten en parte del ritual, pero ahí están, acompañando el último adiós.

Esta semana me tocó acompañar a su última morada a la tía Toña. Y en medio del silencio, de los abrazos largos y las miradas que evitan encontrarse para no quebrarse, me di cuenta de algo que seguramente todos hemos vivido alguna vez: los funerales tienen su propia banda sonora.

No es una playlist que uno escogería en un día cualquiera, pero cuando suena, inmediatamente sabemos dónde estamos y por qué estamos ahí.

De pronto empiezan a escucharse “Las Golondrinas”, esa canción que desde hace generaciones se volvió casi el himno de las despedidas. Basta con que suenen los primeros acordes para que algo se apriete en la garganta. La letra habla de partir, de alejarse, de un adiós inevitable. Y aunque todos sabemos que es una tradición, no deja de doler cuando la música parece confirmar que esa persona ya emprendió el vuelo.

Luego aparece “Amor Eterno”, que más que una canción es una confesión abierta del dolor. Cuando suena esa frase de “cómo quisiera que tú vivieras…”, no hay quien no baje la mirada o apriete fuerte el pañuelo. Porque en ese momento cada quien recuerda a alguien que ya no está. Es una canción que parece escrita para todos los que alguna vez hemos tenido que decir adiós demasiado pronto.

Y no falta “La Barca”, que habla de despedidas en un muelle imaginario, de promesas que se quedan flotando en el aire y de un amor que se aleja lentamente. En los funerales esa canción toma otro sentido, como si la barca de la que habla la letra fuera precisamente ese último viaje del que nadie regresa.

Mientras escuchaba esas canciones ahí, entre coronas de flores y recuerdos compartidos, pensaba que la música, lejos de aliviar, a veces termina por hacer el momento aún más doloroso. Cada verso parece abrir un recuerdo, cada acorde nos recuerda que esa persona ya no volverá a ocupar su lugar en la mesa, ni su silla en las reuniones familiares.

Desde aquí quiero extender mi más sentido pésame a mi hermano Saúl por la partida de la tía Toña. Y como siempre ocurre en estos momentos, repetimos la frase de siempre: “aquí estoy para lo que se ofrezca”. Lo curioso es que en medio del dolor nadie sabe realmente qué es lo que se ofrece. No sabemos si ofrecer silencio, compañía, un café, un abrazo o simplemente estar ahí sin decir nada.

Pero aun así lo decimos. Tal vez porque es nuestra manera de decir: no estás solo.

En esos momentos también recordamos que el dolor tiene muchas formas. Lo saben quienes han tenido la desgracia de sepultar a sus madres. Lo saben quienes han tenido que despedir a un hijo, que es probablemente una de las heridas más difíciles que puede cargar el alma. Lo saben también quienes han tenido que acompañar al panteón a un hermano, a un sobrino, a un amigo que se fue antes de tiempo.

La lógica de la vida nos dice que los hijos debemos despedir a los padres. Así debería ser el orden natural de las cosas. Pero la vida no siempre respeta ese orden, y cuando ocurre lo contrario, simplemente no estamos preparados.

Nunca lo estamos.

Mientras caminábamos entre las tumbas del panteón pensé también en otra cosa que tal vez muchos de nuestra generación ya empezamos a notar: antes éramos los que veíamos partir a los grandes de la familia. Los abuelos, los tíos mayores, los vecinos que parecían eternos.

Ahora, poco a poco, nos estamos convirtiendo en esos grandes.

Y de pronto nos damos cuenta de que el tiempo ya nos alcanzó.

Los que antes escuchábamos historias, ahora somos los que las contamos. Los que antes acompañábamos en silencio, ahora somos los que reciben los abrazos. Y los que antes veíamos partir, ahora empezamos a despedirnos poco a poco de nuestra propia generación.

Tal vez por eso esas canciones siguen sonando en los funerales. Porque hablan de algo que todos, tarde o temprano, tendremos que enfrentar: la despedida.

Pero también, si uno lo piensa bien, cada una de esas canciones guarda algo más que tristeza. Guardan memoria. Guardan cariño. Guardan todo lo que una persona dejó sembrado en la vida de los demás.

Al final, la muerte se lleva la presencia, pero no puede llevarse las historias.

Y mientras exista alguien que recuerde, que cuente una anécdota o que sonría al mencionar un nombre, esa persona seguirá navegando en la memoria de quienes la quisieron.

Porque al final de cuentas, la vida es eso: un viaje en el que unos se quedan un poco más de tiempo en el puerto… y otros simplemente se adelantan en la travesía.

Y como dice esa canción que tantas despedidas ha acompañado:

“Dicen que la distancia es el olvido… pero yo no concibo esa razón.”

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