#OPINIÓN: LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA

LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA

Por: Jorge Cárdenas Reyes

Hay días en los que uno no escribe para que lo lean, sino para poder respirar. Hoy es uno de esos días. Hoy escribo porque el calendario me obliga a mirar atrás, porque la memoria no pide permiso y porque el corazón, aunque aprende a resistir, nunca se acostumbra del todo a ciertas ausencias.

En este aniversario luctuoso quiero volver a nombrarte, señora madre. No como un acto de tristeza absoluta, sino como un gesto de gratitud. A ti te debo el ser y la existencia, pero también la forma en la que me paro frente al mundo. De ti heredé la personalidad, el carácter y esa sensibilidad que a veces pesa, pero que también salva. De ti aprendí el respeto profundo por el género femenino, el amor por la vida en todas sus formas, por la naturaleza que no juzga y por los semejantes que, como uno, van cargando historias invisibles.

Tu enseñanza no fue de palabras ruidosas, fue de ejemplos cotidianos: de trabajo silencioso, de amor sin condiciones, de firmeza envuelta en ternura. Hasta el cielo, el infinito y más allá, mis chinos locos. Hoy te nombro completa: Teresa Reyes Soriano, porque decir tu nombre es traer de vuelta un poco de hogar.

Enero… enero siempre me pasa factura. No solo la famosa cuesta que a todos nos pesa, sino esa otra cuesta más empinada y solitaria: la emocional. Enero es un mes que no perdona, que no distrae, que no deja esconderse. En enero falleció mi madre. En enero también partió mi hermano mayor, el buen Goyito, pilar y referente de este grupo de siete hermanos, ese que sin proponérselo se convirtió en ejemplo, en guía y en escudo para muchos de nosotros.

 

Enero también carga con los fantasmas de la pandemia. Esa etapa que no solo se llevó vidas, sino que dejó familias rotas, futuros truncos y sueños hechos añicos. Una época en la que aprendimos, a la fuerza, que la fragilidad humana no distingue edades, planes ni promesas. Carlos y Goyo, mis dos hermanos, fueron víctimas de ese tiempo oscuro, pero también fueron ejemplo de dignidad, de lucha y de humanidad. Dejaron una huella profunda, severamente marcada en quienes los conocimos, una huella que no se borra con los años, solo se transforma en nostalgia y respeto.

Recuerdo que en medio de aquella tormenta sentía, con una certeza casi absurda, que yo me iría antes que ellos. Sentía que mi cuerpo y mi espíritu no resistirían tanto. Y sin embargo, sigo aquí. A veces me pregunto por qué. No sé si pagando algo, no sé si el destino me reservó una misión específica o si, sin darme cuenta, ya la estoy cumpliendo en pequeños actos cotidianos. Tal vez no hay respuestas claras. Tal vez solo hay caminos que se siguen caminando.

Mi madre se despidió de nosotros como si la muerte pudiera presentirse. Días antes de la fiesta de quince años de mi sobrina dijo, con una serenidad que entonces no entendimos, que ella ya no estaría para ese festejo, pero que por nada del mundo quería que se suspendiera. Lo dijo sin dramatismo, como quien acepta una verdad inevitable. Trece días después, tras esas palabras que hoy resuenan como profecía, trascendió de este mundo. La fiesta se hizo. La música sonó. Las risas convivieron con el nudo en la garganta. Y la vida, implacable y hermosa a la vez, siguió su curso.

¿Qué te debo, enero, que te ensañas tanto conmigo?

¿Qué error cometí para que cada inicio de año duelan más los recuerdos que la cuesta económica? Quizá ninguno. Quizá así es la vida: no justa ni injusta, simplemente compleja, profundamente humana, incapaz de darnos tregua cuando más la pedimos.

He aprendido que el dolor no se mide en fechas, pero hay meses que lo despiertan con más fuerza. Que la ausencia no se supera, se aprende a cargar. Que extrañar no es debilidad, sino una forma de amor que no encuentra dónde posarse. Y también he aprendido que callar por años no nos hace más fuertes, solo más solos.

Hoy, al menos, tengo algo que antes no tenía: un hombro en el cual apoyarme, un espacio para hablar, para llorar sin vergüenza, para sacar todo lo que durante años guardé por miedo a incomodar, por miedo a parecer frágil, por miedo a romperme del todo. Hoy entiendo que compartir el dolor no lo hace desaparecer, pero lo vuelve más llevadero.

Que sea lo que el destino tenga preparado para mí. Ya no le pido explicaciones, solo un poco de tregua. Ya no quiero empezar los años con más pérdidas que propósitos. Quiero aprender a recordar sin que duela tanto, a honrar sin que quiebre, a vivir sin sentir culpa por seguir aquí.

Porque al final, las vueltas que da la vida no siempre nos llevan a donde queremos, pero sí nos colocan exactamente donde necesitamos aprender. Y quizá la mayor lección sea esta: mientras haya memoria, amor y palabras, nadie se va del todo. Y mientras uno siga nombrándolos, siguen caminando con nosotros, aunque ya no los veamos.

Y así, entre recuerdos que duelen y otros que reconfortan, empiezo a entender que seguir aquí no es un accidente. Que levantarse cada día con el peso de la memoria no es castigo, sino responsabilidad. Porque quien ha amado de verdad no tiene derecho al olvido, pero sí a la esperanza.

Hoy sé que no sobreviví para olvidar, sobreviví para recordar con dignidad. Para contar la historia de quienes se fueron, para honrar sus nombres en cada acto, en cada decisión, en cada gesto de humanidad. Sobreviví para ser puente entre lo que fue y lo que aún puede ser, para demostrar que incluso después de la pérdida se puede seguir creyendo en la vida.

Enero ya no es solo el mes del dolor; es el mes en el que me miro de frente y reconozco mis cicatrices. Cicatrices que no avergüenzan, que no se esconden, porque son prueba de que amé, de que fui parte de algo más grande que yo mismo. Cada recuerdo, por más pesado que parezca, es también una prueba de amor que no se extinguió con la ausencia.

Hoy no le reclamo más al calendario. Si enero vuelve a doler, que duela con sentido. Si los recuerdos regresan, que lo hagan para recordarme de dónde vengo y por qué no debo rendirme. Porque mientras yo siga respirando, ustedes siguen viviendo en mí. En mi forma de hablar, de amar, de respetar, de mirar al mundo con compasión.

Y si alguna vez el destino me pide cuentas por seguir aquí, le responderé sin miedo: sigo aquí porque alguien tiene que contar la historia, porque alguien tiene que amar en nombre de quienes ya no pueden, porque alguien tiene que demostrar que el dolor no venció.

Porque al final, la vida da muchas vueltas…
pero el amor verdadero nunca se pierde,
solo cambia de lugar.

1 Comentarios

  1. Hermoso como redactas con tanto amor a tus seres queridos ,a la vida q apesar de esas altas y bajas ,no detienen tu vuelo por este planeta y sigues amando cada instante que Dios te permite! Gracias por compartir un poquito de ti saludos

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